sábado, 5 de septiembre de 2009

Sweet Girl

LESBOS

¡Qué lacra, la cocina!
Las patatas silban como ofi
dios.
Es Hollywood, sin ventanas,
la luz fluorescente pestañeando cual inaguantable jaqueca,
las puertas esquivas tiras de papel:
cortinas de teatro, crespo rizo de alféizar.
Y yo, amor mío, embustera pa
tológica,
y mi hija: mira su rostro, allá, en el
suelo,
como muñeco aún sin romper, esf
orzándose por
desaparecer:
como que es una esquizofrénica,
su faz, roja y blanca, da miedo,
dejaste sus gatitos ante tu ve
ntana
en una especie de hoyo de cemento
donde se ensucian y vomitan y ella no los siente.
Dices que no la aguantas,
la condenada.

Tú, que reventaste tus tubos como una mala radio
limpiándolos de voces y de histeria, rui
do estático
de lo nuevo. Dices

que debieras de haber ahogado a los gatitos. ¡Qué mal
huelen!
Dices que debieras de haber ahog
ado
a mi niña. Se cortará la yugular a los diez años
ya que a los dos está loca. El bebé
sonríe, rechoncho caracol,
desde los rombos lucientes de hule color naranja.
Te lo comerías. Es niño. Dice
s
que tu marido no te va. Su madre
judía guarda su dulce sexo como una
perla.
Tienes un bebé, yo tengo dos.

Me sentaría en una roca de Cornualles peinándome el cabello.
Me pondría pantalones de piel de tigre, debiera tener un
bello

amante. Debíamos encontrarnos en otra vida,
tú y yo. Entretanto
hay un hedor a grasa y caca de niño.
Estoy aturdida, abotagada por mi último soporífero.
El vapor de la cocina, el humoniebla de
l infierno
nos sobrevuela, dos venenos incompat
ibles,
nuestros huesos, nuestro pelo.

Te llamo huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te da úlceras, el viento tuberculosis.
Solías ser bella.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres
decían: “¿Ya?
La verdad, chica, estás de espanto”.
Teatro, teatro, teatro, la emoción, nada más.

El marido impotente se escapa, a tom
ar café.
Yo trato de tenerle en casa, pararrayos
viejo, los baños ácidos,

la exuberancia que le alejaba de ti.
Él va tragándolo todo, pedregosa cuesta abajo,
como furgoneta cansina. Las chispas son azul turquí.
Las viejas chispas azules están allí,
derramándose fragmentándose
en luces mil.

¡Oh joya! ¡Oh valiosa!
Esta noche la luna
arrastraba su saco de sangre, ani
mal
enfermo

faro arriba. Y luego
normalizóse, dura

y separada y blanca. El lucir
escalado en la arena que asustábame de muerte.
Íbamos recogiendo puñados de ar
ena, gozándolo,
trabajando como negros, cuerpo mulato,
el raspar sedeño.
Un perro recogía a tu perruno marido. Él seguía adelante.

Ahora, silente, cubierta

de odio hasta el cuello,
espeso, espeso.
No hablo.

Empaqueto las duras patatas como ropa cara,
empaqueto a los niños,
empaqueto los gatos enfermos.
Oh envase de ácido, es amor

lo que empapa. Sabes a quien odiar.
Él abraza sus hierros junto a la puerta:
ábrese y el mar la penetra, negro y blanco,
para ser vomitado luego de un t
ranco.
Cada día que pasa le llenas de sentime
ntalina,
como una jarra. Estás agotadísima.
Tu voz agita y sorbe mi pen
diente,
murciélago hematófilo. Eso justamente,
eso justamente. Por la puerta escrutas,
bruja. “Todas las mujeres son putas,
no hay comunicación, no hay puente”.
Veo tu decoración bonita
cerrársete encima como puño de bebé
o anémona, novia
del mar, cleptómana. Sig
o
sin experiencia,
quizá vuelva, digo.
Del embuste conoces bien la cien
cia.

Ni siquiera en tu Zen volveré a verte.

Sylvia Plath, "Lesbos" en Árboles de Invierno (1971). Traducción de Jesús Pardo para Antología, Madrid, Visor de Poesía (2003)




Maris Bustamante

¿Feminismo es sinónimo de transgresión? Es evidente que el título ya apunta hacia un punto de vista de género, con connotaciones a una sexualidad transgresora. La isla de Lesbos forma parte de una gran cobertura de islas cercanas a la costa de Turquía y es famosa por ser la patria de la poetisa Safo, cuyos poemas describían su amor apasionado hacia sus compañeras, de tal manera que comúnmente se considera que el término lesbianismo proviene del nombre de esta isla. El hecho de que el poema se titule precisamente Lesbos subraya el carácter que va a adoptar dicha composición, ya que supone una incisión en la invisibilidad a la que había estado sometida la mujer, así como un grito desgarrador tras el que se rompe de una vez por todas el silencio en el que el patriarcado sumía la realidad femenina, concretamente y explícitamente en este caso, la realidad lesbiana. Es importante tener en cuenta en este caso que es en los años setenta precisamente cuando aparecen los testimonios de lesbianas que procuran descubrir qué es lo que las hermana. Se trata, pues, de un testimonio cuyo sujeto poético anuncia ya desde el título un esfuerzo por decir lo que constituía en su momento de inefable, indecible y, por tanto, inexistente. En los años setenta la discusión a propósito de la existencia de una realidad lesbiana colectiva venía repleta de metáforas de invisibilidad. La experiencia lesbiana era considerada como un sinónimo de poseer el conocimiento necesario que permitía que alguien hablara como lesbiana, en nombre de todas las lesbianas, en la búsqueda de esta identidad colectiva, de esta manera de vivir particular que presuntamente comparten todas las lesbianas. Por lo tanto, Lesbos no sólo implica una reivindicación de la propia individualidad, como poetisa, sino también una evidente connotación política, asumiendo el principio por el cual “lo personal es lo político”. Ahora bien, pese a todo hay que tener muy en cuenta que quien pone voz al poema no es la autora como persona, sino el sujeto poético como ente reivindicante, cuyo fin es, por un lado, criticar el canon hegemonónico masculino, pero también el posible canon alternativo de la crítica feminista cuando dejaba de incluir textos de escritoras lesbianas, doblemente silenciadas, como mujeres y como lesbianas. Así pues, ¿cuál es el tema del poema?. Según mi punto de vista, el poema debe ser interpretado bajo una perspectiva lésbica, pero entendiendo ésta como la identificación de una mujer con otra, en este caso del sujeto poético con otra mujer, en una relación en la que los afectos y las emociones más fuertes entre dos mujeres se dirigen de la una hacia la otra. El contacto sexual puede ser, en mayor o menor grado, una parte de la relación, o puede estar completamente ausente, como sucede en este caso. Las dos mujeres prefieren pasar la mayor parte de su tiempo juntas y comparten la mayor parte de los aspectos de sus vidas con la otra. En este poema se tratará de una misma mujer, la autora, desdoblada en dos voces, por lo que buscará la identificación de la mujer con el lesbianismo fruto de una estrategia política y estética. Por otro lado, la mujer identificada con otra mujer, se compromete con las mujeres no sólo como alternativa a las opresivas relaciones masculino/femenino, sino primariamente porque ama a las mujeres. Consciente o inconscientemente, con sus actos, la lesbiana se ha dado cuenta de que dando apoyo y amor a los hombres en vez de a las mujeres perpetúa el sistema que le oprime. Y justamente ahí creo que reside el motivo central del poema, el hecho de dar la energía primaria a otra mujer, cosa que posibilita la concentración plena en la construcción de un movimiento para la liberación, ya que el lesbianismo es una opción política porque las relaciones entre hombres y mujeres son relaciones políticas, que implican poder y dominio. Puesto que la lesbiana rechaza activamente esa relación y escoge a las mujeres, desafía el sistema político establecido.


Angela Davis

Teniendo en cuenta lo hasta ahora expuesto, creo que el título supone una notable transgresión, ya que el lenguaje estructura la realidad y la literatura y todos los mundos posibles se forjan desde el lenguaje y en el lenguaje. Cualquier posible transformación tiene que pasar por el lenguaje y estoy segura que la autora de "Lesbos" tenía esta premisa muy en cuenta. Pasemos, pues, al poema, que se divide en cinco estrofas y no puede comenzar de forma más explícita: “¡Qué lacra, la cocina!/ Las patatas silban como ofidios”. Es evidente que nuestra autora tiene muy asumido el rol de mujer como ama de casa, al cual se opone, pero del cual parece no poder escapar. El hecho de que hable de la cocina como lacra induce a pensar que es una propiedad intrínseca a la mujer de la cual no se puede desprender, generándole una sensación desagradable y de asco, pues se comparan las patatas a los ofidios. Enmarca la acción cual si se tratara de una actriz cumpliendo un papel con hastío: Es Hollywood, sin ventanas,/ la luz fluorescente pestañeando cual inaguantable jaqueca/ las puertas esquivas tiras de papel:/ cortinas de teatro, crespo rizo de alféizar. Estos versos apuntalan la “escisión vital” entre la zona tradicional y moderna de la subjetividad de las mujeres, entre los roles de género impuestos y los que deseaban trazar. Además, es importante tener en cuenta que el matrimonio de la autora giró en torno a un amor que buscaba ser moderno, con la libertad necesaria para el ejercicio literario y la independencia económica, sincretizado con los requerimientos que el amor tradicional tenía para las mujeres. Así, se nos presenta a la mujer en su rol de ama de casa como una actriz de cine o teatro, cuyo papel cumple por imposición, como una autómata, pero del cual no obtiene placer alguno. Los versos siguientes, en forma de apóstrofe, enfatizan la idea señalada en líneas anteriores. Ahora se dirige a lo que parece su interlocutor: Y yo, amor mío, embustera patológica. Se refuerza la idea del cumplimiento de rol como imposición, como papel, pero mucho más enfatizado, pues se habla de una embustera patológica, haciendo referencia al hecho de mentir en el cumplimiento de las imposiciones sociales de género desde muy temprana edad, pero también al mito ampliamente extendido de la mujer como “embustera patológica”. Estamos, pues, ante un doble sentido. Y mi hija: mira su rostro, allá, en el suelo,/ como muñeco aún sin romper, esforzándose por/desaparecer/ como que es una esquizofrénica (...). El hecho de que haga referencia a una hija refuerza la perspectiva feminista del poema, ya que se la cosifica y dice de ella que es un muñeco que todavía no se ha roto, sino que se esfuerza por desaparecer. La mujer, como muñeco manejado por los demás, o bien termina por romperse, por desmembrarse, o bien desaparece y es condenada a la invisibilidad. Cuando no, es conocida la teoría de Charcot, que posteriormente Freud desarrolló, de la histeria propia del género femenino. En los años setenta las teorías freudianas habían sido sometidas a juicio, pero aún se le otorgaba a la mujer la cualidad de extremadamente impresionable. Así pues, por el hecho de nacer niña ya se le atribuye al infante una cosificación, una invisibilidad futura o bien falta de integridad- “aún sin romper”-, en todo caso siempre se puede explicar su comportamiento extravagante y propiamente femenino desde la enfermedad: “como que es una esquizofrénica”. Las personas esquizofrénicas suelen padecer alucinaciones auditivas, lo que comúnmente se conoce por “oír voces”. Las mujeres están sometidas a esas voces, las voces de la sociedad, las voces que las reclaman en supuestas obligaciones y que las perseguirán sometiéndolas a una constante mortificación desde la infancia. De ahí el carácter acusativo y peyorativo de la afirmación “como que es una esquizofrénica”. En los versos que van del 18 al 25 se acaba de desarrollar esta idea y se revela la identidad del interlocutor, que en este caso es una interlocutora: (haciendo referencia a la interlocutora) que reventaste tus tubos como una mala radio/ limpiándolos de voces y de histeria, ruido estático/ de lo nuevo. Dices/ que debieras de haberla ahogado/ a mi niña. Se cortará la yugular a los diez años/ ya que a los dos está loca. Partiendo del título, y suponiendo que estamos ante una relación lésbica, la interlocutora, ese “tú”, haría referencia a una mujer que rechaza su propia condición de género y se suma al desprecio por su condición de mujer. Es quien tuvo que someterse a presiones, autoculpabilidades y castigos por el simple hecho de nacer mujer, y, como quien se lava la lengua con jabón, reventó sus “ tubos limpiándolos de voces y de histeria”, sumándose al “ruido estático de lo nuevo”, es decir, contemplando la nueva realidad como una espectadora pasiva. No olvidemos, para poder comprender este debate entre dos voces, que la autora se debatía entre el mundo doméstico y la independencia, asumiendo a la vez los requerimientos que el amor tradicional tenía para las mujeres- madre y esposa- juntamente con la libertad necesaria para poder desarrollar su actividad poética e individual. Estos versos pueden contrastarse con los que van, en esta misma estrofa, del 25 al 28: El bebé/ sonríe, rechoncho caracol, (...)/ Te lo comerías. Es niño. Se contraponen el papel del niño al de la niña. Mientras que ésta es vista como un ser repelente, enfermo y que quizás hubiera sido mejor que no naciera, ya que se cortará la yugular a los diez años ya que a los dos está loca, el niño, el “bebé”, es visto como un ser deseable- “te lo comerías”-. Hay que tener en cuenta que la maternidad es concebida a la vez bella y siniestra, de ahí que se contrasten imágenes tiernas e imágenes viscosas relacionadas con el hecho de ser madre: “ofidios”, “muñeco”, “gatitos”, “ensucian y vomitan”, “qué mal huelen”, “bebé”, “rechoncho caracol”, etc. Dices/ que tu marido no te va. Su madre/ judía guarda su dulce sexo como una perla. Con estos versos empezamos a conocer un poco mejor a la interlocutora del poema. La autora nos resitúa en Lesbos y creo que insiste sarcásticamente en el carácter falsamente puritano, de doble moral, de su compañera. A continuación emerge un pensamiento automático propio del rol de género femenino, la competencia entre mujeres por la maternidad, el papel de la mujer como procreadora, cuyo fin último en la vida es la reproducción: tienes un bebé, yo tengo dos. El “yo” poético es la esposa y madre, la interlocutora es la esposa y madre del esposo, por lo cual volvemos a ver como se cumple otro estereotipo de género, mediante el cual la mujer no sólo es esposa y amante de su marido, sino que también debe actuar como madre del mismo. A partir de ahora nos encontraremos ante una enumeración de roles típicamente femeninos, fruto de la bipolaridad a la que se expone la autora, puesto que van desde la mujer dulce y grácil que se peina el cabello en una roca de Cornualles, hasta la mujer rebelde y aventurera que se pondría pantalones de piel de tigre y tendría “un bello amante”, para terminar aludiendo al amor inmortal, al carácter romántico atribuido desde décadas a la mujer: Debíamos encontrarnos en otra vida,/ encontrarnos en el cielo,/ tú y yo. Pero estos mitos caen por su propio peso y se alude a la realidad más inmediata. Entretanto/ hay un edor a grasa y caca de niño. La realidad es otra, y no provoca sino náuseas en nuestra autora que, para soportarla, debe acudir a ansiolíticos, pues le causa una insoportable desazón, llegando incluso a comparar una tarea habitualmente asumida por las mujeres, la cocina, con la tortura del infierno: Estoy aturdida, abotagada por mi último soporífero./ El vapor de la cocina, el humoniebla del infierno/ nos sobrevuela. A continuación, en los versos que van del 42 al 48, y que cierran esta primera estrofa, creo que se nos muestra una nueva pista sobre la identidad de la interlocutora, y pienso además, que no se trata sino de ella misma. De esta manera, dos mujeres confluirían en una sola. La mujer sometida a los roles tradicionales y la mujer que protesta y se opone a ellos, la mujer que sigue sus instintos de maternidad y la mujer que se niega a asumir el papel de madre. Una sola mujer dividida, rota, desmembrada, que oye otras voces y no es capaz de hacerlas compatibles. Te llamo huérfana, huérfana. Estás enferma/ El sol te da úlceras, el viento tuberculosis. La autora asume el papel de mujer sola en el mundo, huérfana por no encajar en una tradición de género, manteniendo una relación enfermiza con la naturaleza y relegada al espacio íntimo de la vida doméstica. Solías ser bella/ En Nueva York, en Hollywood, los hombres decían/ la verdad chica, estás de espanto. Contrapone su situación actual de enfermedad, de decrepitud, a la juventud, asumiendo una vez más otro rol de género, el hecho de que la mujer joven es bella, mientras que la mujer- madre, en la madurez, es un ser asexuado. Ahora bien, termina la estrofa con este verso: Teatro, teatro, teatro, la emoción, nada más. Si esta primera estrofa había comenzado en un teatro cuya escena representaba la cocina y a la madre de familia, termina en ese mismo teatro, pero representando otra escena, una escena del pasado cuyo papel principal es el de una mujer joven y hermosa expuesta a los cumplidos de los hombres que, en el fondo, no quieren más que una cosa, el tener relaciones sexuales, fruto de un impulso momentáneo: “teatro, la emoción, nada más”.

Sylvia Plath con sus dos hijos fruto del matrimonio con el también poeta Ted Hughes

En la segunda estrofa se remarca la idea de la mujer madura asexuada, “pararrayos viejo”, que “trata de tener en casa” a un marido que, cansado de la vida doméstica y familiar, “impotente se escapa a tomar café”. La tercera estrofa comienza con dos exclamaciones: ¡Oh joya! ¡Oh valiosa!. Otro de los mitos de género es la asociación entre la mujer y las joyas, puesto que, si por un lado es un regalo típicamente deseado por el género femenino, por otro lado es de larga tradición el comparar a las mujeres con las joyas, cosificándolas, poniéndoles precio y sirviendo al hombre como motivo de complemento y adorno. Se describe a continuación una escena de la noche, contraponiendo de nuevo la belleza de la luna a un elemento tórrido, esta noche la luna/ arrastraba su saco de sangre, animal/enfermo/faro arriba. Una vez más la ironía hace acto de presencia: un perro recogía a tu perruno marido. Él seguía adelante. ¡Cómo no! El marido, el hombre, siempre sigue hacia delante. En la última estrofa el “yo” poético adopta una postura bastante dura consigo misma, impregnada de sarcasmo. Reconoce ese odio ante una situación que la asfixia y no la deja vivir, pero que lleva dentro de sí escondido, sin manifestar, como reclamo del papel de mujer y madre que debe interpretar: Ahora, silente, cubierta/ de odio hasta el cuello,/ espeso, espeso. / No hablo. No, ella no lo grita ni se queja, sino que empaqueta las duras patatas como ropa cara/ empaqueto a los niños/ empaqueto los gatos enfermos. Se va acercando el final... En los siguientes versos se hace referencia al carácter romántico de la esposa, cualidad otorgada a su alter ego: cada día que pasa le llenas de sentimentalina, al amor que debe de sentir hacia su marido y que, por el contrario, él no es capaz de demostrar hacia ella: Él abraza sus hierros junto a la puerta: / ábrese y el mar la penetra, negro y blanco, /para ser vomitado luego de un tranco. Su alter ego, esa voz interior, le va justificando a diario esa falta de tacto por parte del esposo y la insatisfacción que le produce el hecho de ser mujer dulce y amante, acabando poco a poco con la fuerza del “yo” poético, como si le estuvieran chupando la sangre lentamente: Estás agotadísima/ Tu voz agita y sorbe mi pendiente,/ murciélago hematófilo. Se alcanza en esta estrofa un punto de tensión entre el “yo” poético y su otro yo, esa voz, esa relación lésbica que contrapone los dos polos opuestos de una misma mujer: la mujer esposa y madre y la mujer libre y asqueada de los deberes a los que ha de someterse por cuestión de género. Aparece entonces ese alter ego, por la puerta escrutas, bruja, y se escucha su voz apuntando a un tópico bastante frecuente: todas las mujeres son putas,/ no hay comunicación, no hay puente. El “yo” poético no puede evitar sentirse culpable por desear escapar del canon al que está sometida, ya que esa voz interior la repudia constantemente por esas ansias. Reconocemos en esa interlocutora la suma de tópicos, mitos y arquetipos que envuelven a la mujer a principios de los años setenta. Termina la estrofa aludiendo a la opresión a la que está sometida, pero sometiéndola a ese desdoblamiento, pues forma parte de la otra mujer a quien habla: Veo tu decoración bonita/ cerrársete encima como puño de bebé/ o anémona. Y la acusa de “cleptómana”, pues constantemente roba al “yo” poético instantes de su vida, energía. Creo que a continuación se expresa la idea de la muerte: Sigo/ sin experiencia, / quizá vuelva, digo./ Del embuste conoces bien la ciencia. Una vez haya muerto, al fin será una mujer a quien el mundo crítico aprobaría. Quieta, mansa, por fin dejaría de ser una amenaza. Y, una vez más, utiliza el sarcasmo con el verso “del embuste conoces bien la ciencia”, tópico que sitúa a la mujer como mentirosa por naturaleza y enlaza con el verso siete, en el que se llamaba “embustera patológica” a sí misma. Termina el poema con un solo verso: Ni siquiera en tu Zen volveré a verte. Una vez liberada de la vida se liberará también de cualquier lastre y alcanzará un estado de plenitud absoluto. Sin cuestiones de género, ni reclamos, ni deberes, ni remordimientos, pues mediante el Zen se consigue la plenitud eliminando cualquier esquema conceptual. Se consigue la esencia más pura, las personas pasan a ser el “yo” final sin necesidad de etiquetas clasificadoras. No hay lugar para los desdoblamientos. Es la pureza del “yo”, el “yo” absoluto, en el que tendrá cabida una sola voz.




Safo, Virginia, Anaïs, Sylvia... Transmigración poética inacabable e inagotable. Selene primigenia y séquito de almas que, en primitivo instante de éxtasis, comienzan a peregrinar por la noche encendida de mis sueños... Las voces de Sylvia Plath bien podrían ser nuestras propias voces, su lucha es todavía nuestra lucha y su poema signo irrefutable de que tras unos versos se esconde la esencia de un movimiento en pro de la igualdad.


miércoles, 26 de agosto de 2009

Para no descubrir , en el momento de mi muerte, que no había vivido (Thoreau)

Una vez más las tormentas de verano rompen un ciclo de mi vida. El silencio premonitorio de la inevitable conclusión a la que debía llegar ha servido también como telón que da paso al rayo iluminador de la Idea, chocando contra la tierra húmeda y las piedras para dar lugar al Grito silenciado hasta el momento. El estrepitoso trueno acalla las demás voces y bajo el influjo de Zeus comienzo mi danza de frases y palabras hilvanadas, siempre pagana y amante del barro y la orgía y el misticismo y la decadencia. Segura de que el sol asomará de nuevo por entre las montañas, me dejo llevar por el agua torrencial, atónita astronauta en estaciones que se suceden, para esperar, una vez más, a que transcurra el amable y no por ello menos cruel ciclo vital.
Me han acompañado durante estos días calurosos de verano el canto de las cigarras y los grillos, las tórtolas y el olor del limonero que no ha conseguido verdear en todo su esplendor. El ron y la cerveza, las noches eternas bajo la luna lunera, el amago de convertirme, cual indómita Diana ,en cazadora de Perseidas y el rumor, a lo lejos, del mar.





Elca

Ya todo es flor: las r
osas
aroman el camino.
Y allí pasea el aire,
se estaciona la luz,
y roza mi mirada
la luz, la flor, el air
e.

Porque todo va al mar:
y larga sombra cae
de los montes de plata,
pisa los breves huertos,

ciega los pozos, llega
con su frío hasta el mar.

Ya todo es paz: la yedra
desborda en el tejado

con rumor de jardín:
jazmines, alas. Suben,
por el azul del cielo,
las ramas del ciprés.

Porque todo va al mar:

y el oscuro naranjo
ha enviudado en su flor
para volar al viento,
cruzar hondas alcobas,
ir adentro del mar
.
Ya todo es feliz vida:
y ante el verdor del pino,
los geranios. La casa,
la blanca y silenciosa,

tiene abiertos balcones.
Dentro, vivimos todos.

Porque todo va al mar:
y el hombre mira el cielo
que oscurece, la tierra

que su amor reconoce,
y siente el corazón
latir. Camina al mar,
porque todo va al mar.

Fco. Brines, Palabaras a la Oscuridad, 1966

No ha sido uno de mis mejores veranos y, sin embargo, no he dejado ni un solo momento de gozar de la asombrosa mutabilidad natural . Me enorgullezco de mi jodida bipolaridad y celebro que este año haya triunfado sobre mí la vena asocial que tan nerviosa suele poner al resto de la gente. Y es que he preferido perderme en la soledad de las calles oscuras del pueblo y sentarme en el banco donde por las mañanas suelen charlas l@s abuel@s para pensar y llegar a la evidencia de que algo me falta y algo me inquieta: el astío de los días sin mí. De hecho, soy yo, la misma que se desgarra las medias sentada en la barra de cualquier bar, quien pasa largas horas postrada ante las montañas y se pregunta al atardecer, cuando los pájaros regresan a los árboles, qué aventuras se estarán contando en su trinar. ¿ Te acuerdas que incluso durante aquel verano la obsesión de esta imagen apabullaba mis madrugadas?. Indisolublemente soy pájaro y montaña y aire y hoja y trueno y niebla y mar...




Los signos desvelados

Subí hasta la colina
para mirar el ancho
río, la ciudad rosa,
los montes de cipreses,
mientras caía el sol.

Era fiesta; los grupos

bajaban de la luz
con alegría, voces
altas, felices. Libres,
regresaban al valle.

Y advertí que un extraño,
con los ojos muy fijos,
miraba el sol. Las torres
eran pavesas ya
del aire, miradores
de un fuego muy oscuro.

Temblaban los cipreses
en la línea del monte,
mientras yacía el río
ya quemado. Muy lejos
se perdían las voces.

También era extranjero.
Se acercó a un árbol,
y arrancando unas hojas
de laurel,

avanzó por el parque.

Y desvelé el misterio
de su quieta mirada:
en todos los lugares
de la tierra,
el tiempo le señala
al corazón del joven
los signos de la muerte
y de la soledad.
Fco. Brines, Palabras a la Oscuridad, 1966

Escribiré en mi agenda de mares y océanos que durante este verano me he perdido por los bosques con Mr. Whitman y he gritado "Oh capitán, mi capitán" donde nadie me pudiera oír. Que junto al riachuelo he acariciado a Platero, el cual con mirada azabache y lomo plateado ha jugado conmigo a ser burrito de cartón. Apuntaré también que he secado las lágrimas de San Lorenzo con un pañuelo de iniciales bordadas cuando me creí la dama que no fui, que he paseado anhelante de conocimientos por una Troya desocupada siguiendo el rastro de los gigantes, dejándome llevar por Maria Enganxa y sin tan siquiera volver la vista atrás. Que el cíclope de Pamuck me ha pisado los talones en mis correrías nocturnas para terminar hablando de lo humano y lo divino en un surrealista diván, que he odiado y he amado esta isla tanto como la extranjera que soy en cualquier lugar. Que la rosa sigue siendo la rosa y las tormentas de verano una liberación para mi sed mortal.


Isla de piedras

Esta tarde, solitario en S
kye,
después de tantas horas solo ya pasadas, de tantas noches
venideras y solas (terriblemente han de venir
todas las horas de dolor),
veo la niebla subir de las Colinas Rojas,
y en esta isla atormentada,
de oscuridad y de roca,
mis pies pisan el mundo desolados
.
Intento recordar días recientes,
la tarde fría de la primavera de Oban,
o acaso el ancho rayo de blanquísimo fuego
cayendo en el islote nebuloso
donde, enfermos, agonizan los pájaros.
Intento recordar, traer algún calor
al pecho.
Y ahora que estoy más dentro de la noche
el tiempo ha serenado,
mientras avanzo en busca de cobijo.
Y he detenido el paso, en esta luz incierta,

para mirar la gusanera de los cielos
trocarse en un enjambre de luces detenidas,
y así curar el pecho, con engaño, de su honda soledad.
Pero en la medianoche en el cielo es tenso, y al occidente huye, con
luz
que va a su muerte.
Y allí está el mar, abrazado de rocas ahora oscuras,
violeta cansada
que sostiene en su luz la muerta pesadumbre de la tierra.
El mar llega a mis ojos consolándol
os,
pues él me está diciendo que no todo es dolor,
que aquí el mundo aún alienta.
Y más hacia la muerte van los ojos, donde cierra la luz
su resplandor dormido,
allá en el horizonte de las islas:
son islas de cristal, columnas de humo blanco, son jóvenes estrellas
que agonizan de frío.
Este paisaje hermoso es luz que muere, es roca atormentada,
oscuridad que ciega el ojo.
Y un viento vuela a mí, con milagroso olor,
y a tientas busco la florida rama.

Y encontrada la flor,
he mirado las luces de los cielos
con pecho consolado,
porque nunca se acaba el olor de las rosas.

Fco. Brines, Palabras a la Oscuridad, 1966.

Ya anochece mucho antes y va quedando menos para que comience el Otoño... No, Georgina Hübner no ha muerto.

domingo, 9 de agosto de 2009

No Tengo Miedo




CON LOS ZAPATOS PUESTOS TENGO QUE MORIR
(Elegía Cívica)

I de enero de 1930

Será en ese momento cuando los caballos sin ojos se des-
garren las tibias contra los hierros en punta de una
valla de sillas indignadas junto a los adoquines de
cualquier calle recién absorta en la locura.
Vuelvo a cagarme por última vez en todos vuestros muer-
tos en este mismo instante en que las armaduras se
desploman en la cas
a del rey,
en que los hombres más ilustres se miran a las in
gles sin
encontrar en ellas la solución a las desesperadas ór-
denes de la sangre.
Antonio se rebela contra la agonía de su padastro mori-
bundo.
Tú eres el responsable de que el yodo haga llegar al cielo
el grito de las bocas sin dientes,
de las bocas abiertas por el odio instantáneo de un revólver
o un sable.
Yo sólo contaba con dos encías para bendecirte,
pero ahora en mi cuerpo han esta
llado 27 para vomitar en
tu garganta y hacerte más difíciles los estert
ores.
¿No hay quien se atreva a arrancarme de un manotazo las ven-
das de estas heridas y saltarme los ojos con los dedos?
Nadie sería tan buen amigo mío,
nadie sabría que así se escupe a Dios en las nubes
ni que mujeres recién paridas claman en su favor sobre el
vaho descompuesto de las aguas
mientras que alguien disfrazado de luz rocía de dinamita
las mieses y los rebaños.

En ti reconocemos a Arturo.
Ira desde la aguja de los pararrayos hasta las uñas más ren-
corosas de las patas traseras de cualquier piojo ago-
nizante entre las púas de un peine hallado al atarde-
cer en un basurero.
Ira secreta en el pico del grajo que desentierra las pupilas
sin mundo de los cadáveres.
Aquella mano se rebela contra la frente tiernísima de la
que le hizo comprender el agrado que siente un
niño al ser circuncidado por su cocinera con un vi-
drio roto.
Acércate y sabrás la alegría recónd
ita que siente el palo
que se parte contra el hueso que sirve de tapa a tus
ideas difuntas.
Ira hasta en los hilos más miserables de un pañuelo des-
cuartizado por las ratas.
Hoy sí que nos importa saber a cuántos estamos hoy.

Creemos que te llamas Aurelio y que tus ojos de asco los
hemos visto derramarse sobre una muchedumbre
de ranas en cualquier plaza pública.
¿No eres tú acaso ese que esperan las ciudades
empapela-
das de saliva y de o
dio?
Cien mil balcones candentes se arrojan de improviso sobre
los pueblos desordenados.
Ayer no sabía aún el rencor que las tejas y las cornisas
guardan hacia las flores,
hacia las cabezas peladas de los curas sifilíticos,
hacia los obreros que desconocen ese lugar donde las pis-
tolas se hastían aguardando la presión repentina de
unos dedos.
Oíd el alba de las manos arriba,
el alba de las náuseas y los lechos desbarat
ados,
de la consunción de la parálisis prog
resiva del mundo y la
arteriosclerosis del cielo.
No creáis que el cólera morbo,
la viruela negra,
el vómito amarillo,
la blenorragia,
las hemorroides,
los orzuelos y la gota serena me preocupan en este amanecer
del sol como un inmenso testículo de sangre.

En mí reconoceréis tranquilamente a ese hombr
e que dis-
para sin importarle la postura qu
e su adversario he-
rido escoge para la muerte.
Unos cuerpos se derrumban hacia la derecha y otros hacia
la izquierda,
pero el mío sabe que el centro es el punto que marca la mi-
tad de la luz y la sombra.
Veré agujerearse mi chaqueta con alegría.
¿Soy yo ese mismo que hace unos momentos se cagaba en
la madre del que parió las tinieblas?
Nadie quiere enterrar este arcángel sin pat
ria.
Nosotros lloramos en ti esa estrella que a las dos en punto
de la tarde tiene que desprenderse sin un grito para
que una muchedumbre de tacones haga brotar su
sangre en las alamedas futuras.

Hay muertos conocidos que se orinan en los muertos des-
conocidos,
almas desconocidas que violan a las almas conocidas.
A aquel le entreabren los ojos a la fuerza para que el ácido
úrico le queme las pupilas y vea levantarse
su pa-
sado como una tromba extática de moscas palúdicas.
Y a todo esto el día se ha parado
insensiblemente.

Y la ola primera pasa el espíritu del que me traicionó va-
liéndose de una gota de lacre
y la ola segunda pasa la mano del que me asesinó poniendo
como disculpa la cuerda de una guitarra
y la ola tercera pasa los dientes del me llamó hijo de
zorra para que al volver la cabeza una bala perdida
le permitiera al aire entrar y salir por mis oídos
y la ola cuarta pasa los muslos que me oprimier
on en el
instante de los chanc
ros y las orquitis
y la ola quinta pasa las callosidades más enconadas de los
pies que me pisotearon con el único fin de que mi
lengua perforara hasta las raíces de esas plantas que
se originan en el hígado descompuesto de un caba-
llo a medio enterrar
y la ola sexta pasa el cuero cabelludo de aquel que me hizo
vomitar el alma por las axilas
y la ola séptima no pasa nada
y la ola octava no pasa nada
y la ola novena no pasa nada

ni la décima
ni la undécima
di la duodécima...

Pero estos zapatos abandonados en el frío de las charcas son
el signo evidente de que el aire aún recibe el cuerpo
de los hombres que de pie y sin aviso se doblaron del
lado de la muerte.

Rafael Alberti, Con los Zapatos Puestos Tengo que Morir, 1930, publicado por primera vez en Poesía (1924-1930),
1934.



jueves, 30 de julio de 2009

Los Reyes del Mar

Hace apenas quince días el mar intentó tragarse a mi hermano. Tuvimos miedo, mucho miedo. La naturaleza puso a prueba el temple de mi querido recién doctorado en biología, pero lo que el mar aún no sabía es que mi hermano posee corazón de guerrero. Y con la ayuda de un surfista surgido de las olas, el Mediterráneo no consiguió más victoria que la de infundirnos a tod@s el respeto que jamás se debiera perder por el azul de sus aguas. Para ellos tres: mi hermano- que aún guarda restos de caracolas en el oído-, el surfista -que no permitió ningún tipo de reconocimiento- y nuestra querida mar -indómita e inesperada al fin y al cabo- escribo hoy esta entrada.
Hacen los honores Jorge Guillén y Luis Cernuda.


MAR EN BREGA
Otra vez te contemplo, mar en brega
Sin pausa de oleaje ni de espuma,
Y otra vez tu espectáculo me abruma
Con esa valentía siempre ciega.
Bramas, y tu sentido se me niega,
Y ya ante el horizonte se me esfuma
Tu inmensidad, y en una paz o suma

De forma no termina tu refriega.
Corren los años, y tu azul, tu verde
Sucesivos persisten siempre
mozos
A través de su innúmera mudanza.
Cursiva Soy yo quien con el tiempo juega y pierde.
Náufrago casi entre los alborozos

De este oleaje en que mi vida avanza.

(Jorge Guillén, Clamor...Que va
n a dar en la mar,1960)




PEREGRINO
¿Volver? Vuelva el que tenga,
Tras largos años, tras un largo viaje,
Cansancio del camino y la codicia
De su tierra, su casa, sus amigos,
Del amor que al regreso fiel le espere.
Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,
Sino seguir libre adelante,
Disponible por siempre, mozo o viejo,
Sin hijo que te busque, como a Ulises,
Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.
Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
No eches de menos un destino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.
(Luis Cernuda, Desolación de la Quimera, 1962)



Te quiero, hermano.

viernes, 10 de julio de 2009

Diseccionando la (supuesta) Anatomía de un Ángel Hembra III




Para terminar mi pequeño homenaje a Pedro Andreu y su Anatomía de un Ángel Hembra me gustaría haceros llegar el que este autor rinde a varios poetas.
Mi primera sorpresa fue el encontrarme conjugados en un mismo poema estilos de dos de mis poetas favoritos, separados por siglos de estética y corrientes varias, pero grandes y reconocibles sin lugar a dudas. Veamos el poema y a ver si sois capaces de dar con sus nombres:


Si yo fuese Dios, si pudiese, si supiese
el secreto primero de la vida, si me dejaran:
te crearía tal cual eres: tu misma risa
que me tiembla aquí adentro, tus tobillos,
tu forma de mirarme, de jugar con el puzzle
de tristezas que forman mi pasado, tu boca
que esparce, Laura, en aire asalvajado
epidemias de besos como pájaros, que desordena
el caos que llevo dentro por no querer
amarte, y sin embargo..., mira, me desarmas.
Si yo fuese Dios...¡Qué carajo! Prefiero
apenas ser un hombre, saber que existe el fuego,
que vos podéis quemarme, que vos tenéis
la hoguera, que por vos debo arder,
que tú a mí
me quemas.

Quienes normalmente leais poesía reconocereis de inmediato las fuentes de los anteriores versos. Efectivamente, se trata de Ángel González y, nada más y nada menos, que Garcilaso de la Vega. El poema lleva por título "A la manera de Ángel González y Garcilaso de la Vega", redundancia que se cumple a rajatabla a lo largo de toda la composición, pero que además va acompañada de un final irónico e inesperado, tan propio del poeta oventese y que casa perfectamente con el tono general del poemario. Esperanza, pesimismo, modernas metáforas y alguna sinestesia van construyendo este poema para, de pronto, dar lugar a un irónico desenlace cargado de negro sentido del humor.

Os transcribo a continuación, para quienes no los conozcais, los poemas de ambos autores.


Me Basta Así

Si yo fuera Dios

y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;

lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría

lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,

yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo

constelaciones: existes.
Creo en ti.

Eres.
Me basta.

Ángel González, Palabra sobre Palabra (1965)





Soneto V
Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo cre
o,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.

Cuando tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.
Garcilaso de la Vega, "Soneto V" en Poesías Castellanas Completas (1986)

Seguramente no se os habrá pasado por alto la alusión que Pedro Andreu hace a su amada, a quien llama Laura, y que, casualmente, coincide con la laura petrarquista. Pues bien, sabemos que Petrarca fue fuente pródiga en la que bebieron los más reconocidos autores de la Edad de Oro española, dando pie a la gran mayoría de sus sonetos, y nuestro autor no se conforma con compartir con éste objeto poético de idéntico nombre, sino que además se sienta ante su propia laura y, dibujando vaporosos dragones verdes, lanza un compendio de versos libres y sin rima, formando un halo de clásica atemporalidad. Tema clásico sin molde formal. Y es que se repite, una vez más, la misma historia...Quizás se deba a la universalidad de la buena poesía...



Pipa de Kif contra Petrarca

Desde una pipa de kif. En esta habitación naranja
tomada tantas veces por mis antiguas bestias.
Sin ventanas que den a la ciudad
de los murales verdes. Desde una
pipa de kif,
despacio. Ahora que compren
do
que nada permanece, que todo se hace nada,
como una piedra humo en esta pipa.
Ahora, que estaba solo y harto de cantar
sobre la tierra áspera, pronuncio humo de ti;
tu nombre: Laura. Y acuden las imágenes:
carreteras perdidas entre los girasoles, refugios
de montaña, mapas de piel desnuda, el metro
de Madrid, aquel hostal que da a la calle Pez,
los marcianos parajes de Josa, el Alto Tajo
donde rocé dormido tus tobillos de invierno...
Y parezco Petrarca con los dedos manc
hados
de polen mentiroso de poemas.

Yo no sé de los pájaros, pero adoré mis alas.
Yo no sé qué es el fuego, pero viví quemándome.
Y de ti no sé nada pero me desarraigas
del lenguaje.
Y duermo a la intemperie
de tus ojos,
donde ya las palabras no pueden abrigarme.

El kif es mi mentira, esta pipa es una
excusa,
y Petrarca ese imbécil que pretendió encerrar
tus caderas clásicas en rígidos sonetos.


Tras leer este poema vino a mi mente, inevitablemente, el aroma del kif tan celebrado por los poetas modernistas y, sin remedio, no me quedó otra opción que trazar esa línea recta entre la estética decadentista y la que impregna Anatomía de un Ángel Hembra, pues leer los poemas que lo componen es actualizar versos de Gustavo Adolfo, Fco. Villaespesa o Valle-Inclán.




Otro de los grandes nombres evocado por Pedro Andreu es el de Pessoa. Arriesgado es el emprender empresa de tamaña magnitud, no obstante creo que, los versos que siguen, captan la esencia del poeta portugués, aunque, evidentemente, no haya punto de comparación y un@ se quede como esperando un poco más...
Antes de transcribir el poema me gustaría que leyérais esta pequeña introducción al Libro del Desasosiego (comenzadao en 1912 y publicado por primera vez en 1982) de Fernando Pessoa:


En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo,
narro indiferentemente mi autobiografía sin hechos,
mi historia sin vida. Son mis Confesiones y
si en ellas nada digo, es que nada tengo que decir.


Ahí va el poema:


Desasosiego (a la manera de Pesso
a)

Mi vida está cansada de vivirme.
Está harta de caminar descalza por la playa
sin nada que hacer, tirando piedras
a la ciudad del fondo, trepándose sin ganas
a las vértebras hundidas de la tarde.
Mi vida, mi vida, mi perezosa
vida de estar por casa en zapatillas,
hecha de días torpes y noches inyectadas.
Es como si me pegaran- a veces-
con mi vida en la boca.


Y ya no tengo fuerzas para encajar más golpes.


F. Pessoa 

Para concluir, os dejo con un último poema y os invito a que descubrais el guiño que aparece en él. Para mí, ha sido todo un placer el poder escribir y reflexionar a raíz de la obra de un poeta de mi misma tierra, Pedro Andreu, por lo que os recomiendo encarecidamente que os hagais con la edición de Anatomía de un Ángel Hembra y la disfruteis tanto como yo.

Aquí os dejo el poema:


Habitación cerrada

Y entonces, cuando la realidad
me aturde, me llama a sus trabajos,
a horarios, a rutinas,
me despista de ti, me dice que estás lejos,
se delata y me entrega al desamparo;

cierro ventanas, puertas, corro cerrojos y cortinas,
apago interruptores, me cubro con tres mantas
en el suelo invisible de mi cuarto, aspiro vértigo,
escucho el sonido de mis pensamientos,
que zumban como un panal de abejas.
Nos frabricó la noche artificial de este poema.
Entonces vuelves, con nitidez de cuarzo
a golpearme el cráneo por adentro,
y estás entre mis brazos, y eres la albada negra
y sus antiguas razas de bestias extinguidas,
y eres la frágil flor del cactus que esta luna
brotó desnuda de mi cantar desierto,
y un sábado naranja de diciembre
en que tú y yo temblamos cubiertos de palabras.
Ángel de mis infiernos, tiniebla íntima,
agua que blanda horada la dura piedra
de mi sangre, viruela, cáncer mío,
fiebre alta, voz de sirena en cueros
llamándome al naufragio eres.

Y tu nuca titila como un planeta virgen
en la desolada oscuridad
artificial de mi mente. Aunque tú estés tan lejos
de mi cuarto- y quizás mis palabras no te tocan-
y yo muerda tus sombras solamente.

Pedro Andreu, 2008, Anatomía de un Ángel Hembra, Palma, ed.
Palma de Naranja

jueves, 2 de julio de 2009

Diseccionando la (supuesta) Anatomía de un Ángel Hembra II


Hemos recorrido en la anterior entrada las tres primeras partes de las que se compone Anatomía de un Ángel Hembra (Pedro Andreu, 2008. ed. Palma de Naranja): "Dislocación de un Ala", "Ángeles Caídos a Golfemia" y "Estudiante de Alquimia" para llegar hasta el adiós definitivo a una etapa, a una vida, y abarcar de esta manera la última parte de la antología, "Nana de Plumas Negras", que se compone de dos nanas- una dedicada a la muerte de sus abuelos y la otra a la de su padre- y comienza de esta manera:



Primera nana

A mis abuelos

I

"-Tengo noventa años de carne y pensamientos
pena de que todo cuanto hice y viví
tenga al fin que extinguirse, hacerse sombra" (...)



Pedro Andreu le pide a Cristina Cerezales Laforet que le prologue el libro, y ésta le responde a través de líneas de bellas y halagadoras palabras. Habla sobre su poesía, sobre su estilo y sus temas, sobre su sensibilidad e inspiración, pero concibe la obra como completa con las tres primeras partes, señalando que esta cuarta parte le resulta extraña en este libro, (ya que) es otra voz del poeta (...) Las alusiones que ya haces al tema dentro de los otros cortes del poemario me parecen más integradas. Yo no estoy de acuerdo. Y a continuación voy a tratar de explicar porqué.


"-Tengo noventa años de carne y pensamientos
pena de que todo cuanto hice y viví
tenga al fin que extinguirse, hacerse sombra".

Hemos asistido a lo largo del libro a un viaje por diferentes paisajes del alma. La primera parada, el descubrimiento del sexo y el amor más intenso, la individualidad más pura y el salto mortal hacia quienes, quizás algún día, llegaremos a ser. La siguiente parada la decepción y el fracaso, el golpe casi mortal contra el asfalto más negro de quien, un día, aprendió a volar; la búsqueda de una ausencia para hacerla tanginble en la barra de cualquier bar, el camino que conduce, inevitablemente, hacia la autodestrucción y regeneración en una nueva estación, la de la aceptación de que nos hemos hecho mayores, pues- y recurro a Jaime Gil de Biedma-que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde/como todos los jóvenes, yo vine/a llevarme la vida por delante.
Y llegamos así al adiós definitivo de una etapa, y nos refugiamos en nuestra infancia, en nuestra casa y con los nuestros y, cansad@s del camino- apalead@s y frustrad@s- , descansamos en el seno del que creemos nuestro origen, que, ahora sí, comprendemos es lo más seguro que tenemos. Partimos un día descalzos como inmigrantes hacia cuerpos desconocidos y volvemos repletos de vivencias y crueldades y bellezas y desesperanzas a la geografía de una tierra que nos vio partir: nuestra casa. Hemos regresado a nuestra infancia tras la guerra cruel con el mundo, nos hemos refugiado en la época de la inocencia y la esperanza, tras cubrir con gasas las funestas heridas que nuestra lucha dejó tras de sí. Pero ya no somos l@s mism@s y el fracaso, la pérdida y la frustración forman parte inevitable de nuestro bagaje. Y se van sumando las despedidas y la mayor de ellas- y que seguimos sin comprender- es la muerte.

Primera nana

A mis abuelos

I

"-Tengo noventa años de carne y pensamientos
pena de que todo cuanto hice y viví
tenga al fin que extinguirse, hacerse sombra (...)
(...) Fui envejeciendo y fui fel
iz
y seguí amando a tu abuela,
que cuando la conocí tenía apenas quince años
y la mar en los ojos y unos pies de miserias
y un carácter de sargento de la guardia civil
que me hacía temblar como un ejército.
Ya he cumplido mi viaje,
el tuyo empieza apenas- me dijiste.
Y tus ojos de roble,
que apenas sí miraban ya a este mundo,
eran como los míos. Exactamente iguales."
La vuelta a casa, a NUESTRA casa. El amor incondicional de los nuestros, sus palabras, nuestros recuerdos. Sí, la vida es larga y es dura y es injusta, pero es bonita y merece la pena y vienen a mi memoria los versos tantas veces repetidos de J.A. Goytisolo: tendrás amor, tendrás amigos.(...) Pero siempre, siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso". ...Aunque....ya no somos l@s mism@s:


Segunda Nana

A papá

(Mediodía, 25 de noviembre)

Y al fin incinerarlo, aquel último paquete
de tabaco
entre sus manos,
que perdieron el tacto.
Sesenta y ocho años han cabido
en una urna negra.


Despojos de ingenuidad, amargo escepticismo y cierto cinismo, creo que Pendro Andreu consigue integrar la tremenda paradoja que toda persona arrastra tras de sí: el nihilismo aprendido y el punto diminuto de ingenuidad que siempre regresa. No sé si he conseguido convencer a alguien de que Antología de un Ángel Hembra no estaría completo sin esta última parte. Tampoco lo pretendo. Para mí, es un libro perfecto en el que ningún poema sobra o está fuera de lugar. Al fin y al cabo, quizás no pueda verlo de otra manera porque en cada uno de mis viajes, al fondo de la mochila, siempre me ha acompañado el primer oso de peluche que me regaló mi abuelo....E incluso aún hoy hay noches en que duermo abrazada a él y siento que, con su recuerdo, absolutamente nada puede hacerme daño...

Segunda Nana

(Atardecer bajo una higuera, 26 de noviembre)
Debajo de una higuera,
cinco hermanos, sus parejas,
una mujer- nuestra madre-,
diez nietos, un puñado de amig
os
y la tarde agazapada encima de los campos.
De Dios no había rastro, pues papá era ateo
y nadie lo invitó. Cavamos media hora.
Plantamos a mi padre, regresamos
sus restos a la tierra, para que fueran barro.
Lanzamos unas rosas y claveles.
Dijeron a los niños que ahí
había que enterrar tesoros de su abuelo
porque se había ido a una estrella infinita.
Así que una de mis sobrinas le escribió una carta
y la dejó caer.
Otra le compró un paquete de cigarrillos negros,
y lo dejó caer.
Un tercero, entre lágrimas,

reunió sus cromos del Atleti
-era el club de papá-,
y los dejó caer.
Los nietos más pequeños pintaron unos folios
y los dejaron caer.
Mi hermano sacó de un bolsillo de su chupa
un libro que le habían publicado
y lo dejó caer.
Después echamos, uno tras otro,
una pala de tierra, hasta tapar el foso.
Y abrimos un paquete de tabaco
y fumamos un último cigarro de la m
arca
de papá, y si cerrabas los ojos se podía oler.
Entonces Venus brilló en el cielo
y mi sobrino de tres años dijo:
¡La estrella del abuelo!
¿Podemos ir a verlo en autobús?".