sábado, 8 de mayo de 2010

Escrito en la Piedra IV

Termino esta disertación sobre la piedra en la poesía con la máxima expresión humana que hace de lo más sólido y férreo una imagen de lo etéreo. Me refiero a la catedral, que se yergue imponente como raíz de este mundo y se eleva desembocando en la ramificación de lo divino.

Es, a su vez, y gracias a la piedra de la que está compuesta, símbolo de una época, de una estética, lienzo sobre el que se marca el paso de los siglos, la historia que, a través de su imagen, permite reconstruir todo un devenir.

Comienzo, enlazando con la anterior entrada, con un poema de Luis Cernuda, Atardecer en la Catedral. Una vez más, el poeta se acerca a su idealizada España, en este caso encarnada en Dios, a causa del dolor de la guerra y el exilio.

ATARDECER EN LA CATEDRAL

Por las calles desiertas, nadie. El viento
y la luz sobre las tapias
que enciende los aleros al sol último.
Tras una puerta se queja el agua oculta.
Ven a la catedral, alma de soledad temblando.

Cuando el labrador deja en esta hora
abierta ya la tierra con los surcos,
nace de la obra hecha gozo y calma.
Cerca de Dios se halla el pensamiento.

Algunos chopos secos, llama ardida
levantan por el campo, como el humo
alegre en los tejados de las casas.
Vuelve un rebaño junto al arroyo oscuro
donde duerme la tarde entre la hierba.
El frío está naciendo y es el cielo más hondo.

Como un sueño de piedra, de música callada,
desde la flecha erguida de la torre
hasta la lonja de anchas losas grises,
la catedral extática aparece,
toda reposo: vidrio, madera, bronce.
Fervor puro a la sombra de los siglos.

Una vigilia dicen esos ángeles
y su espada desnuda sobre el pórtico,
florido con sonrisas por los santos viejos,
como huerto de otoño que brotara
musgos entre las rosas esculpidas.

Aquí encuentran la paz los hombres vivos,
paz de los odios, paz de los amores,
olvido dulce y largo, donde el cuerpo
fatigado se baña en las tinieblas.

Entra en la catedral, ve por las naves altas
de esbelta bóveda, gratas a los pasos
errantes sobre el mármol, entre columnas,
hacia el altar, ascua serena,
gloria propicia al alma solitaria.

Como el niño descansa, porque cree
en la fuerza prudente de su padre;
con el vivir callado de las cosas
sobre el haz inmutable de la tierra,
transcurren estas horas en el templo.

No hay lucha ni temor, no hay pena ni deseo.
Todo queda aceptado hasta la muerte
y olvidado tras de la muerte, contemplando,
libres del cuerpo, y adorando.
Necesidad del alma exenta de deleite.

Apagándose van aquellos vidrios
del alto ventanal, y apenas si con oro
triste se irisan débilmente. Muere el día,
pero la paz perdura postrada entre la sombra.

El suelo besan quedos unos pasos
lejanos. Alguna forma, a solas
reza, caída ante una vasta reja
donde palpita en ala de una llama amarilla.

Llanto escondido moja el alma,
sintiendo la presencia de un poder misterioso
que el consuelo creara para el hombre,
sombra divina hablando en el silencio.

Aromas, brotes vivos surgen
afirmando la vida, tal savia de la tierra
que irrumple en milagrosas formas verdes,
secreto entre los muros de este templo,
el soplo animador de nuestro mundo
pasa y orea la noche de los hombres.

Luis Cernuda, Las Nubes (1940), enCursiva Las Nubes. Desolación de la Quimera, Cátedra, Madrid, 2003.


Catedral de Sevilla


Pasemos ahora a la rotundidad de los versos de Miguel de Unamuno, que comienzan con un cultismo, un adagio latino del siglo XV referido a las catedrales españolas de mayor importancia en el momento. El poeta bilbaíno canta a la renovación de una fe que está en decadencia y se dirige a la catedral en segunda persona -
- como encarnación de ese fervor que no persiste.


EN LA CATEDRAL VIEJA DE SALAMANCA

Sancta Ovetensis, Pulchra Leonina,
Dives Toletana, Fortis Salmantina.

Sede robusta, fuerte Salmantina,
tumba de almas, dura fortaleza,
siglos de soles viste
dorar tu torre.

Dentro de ti brotaron las plegarias
cual verdes palmas aspirando al cielo
y en rebote caían
desde tus bóvedas.

Éste el hogar de la ciudad fue antaño:
aquí al alzarse en oblación la hostia,
con las frentes dobladas
y de rodillas,

temblando aún los brazos de la lucha
contra el infiel, sintieron los villanos
en sus ardidos pechos
nacer la patria.

Mas hoy huye de ti la muchedumbre
y tan sólo uno y otro, sin mirarse,
buscan en ti consuelo
o tal vez sombra.

Templo esquilmado por un largo culto
que broza y cardo sólo de sí arroja,
tras de barbecho pide
nuevo cultivo.

Sólo el curioso turba tu sosiego,
de estilos disertando entre tus naves,
pondera tus columnas
elefantinas.

El silencio te rompe de la calle
viva algazara y resonar de turbas,
es el salmo del pueblo
que se alza libre.

Libre de la capucha berroqueña
con que fe berroqueña lo embozara.
libre de la liturgia,
libre del dogma.

¡Oh mortaja de piedra, ya ni huesos
quedan del muerto que guardabas, polvo
por el soplo barrido
del Santo Espíritu!

Ellos sin templo mientras tú sin fieles,
casa vacía tú y fe sin casa
la nueva fe que a ciegas
al pueblo empuja.

En tus naves mortal silencio, y frío,
y en las calles, sin bóvedas ni arcadas,
calor, rumor de vida
de fe que nace.

Las antiguas basílicas, las regias
salas de la justicia ciudadana
brindáronle su fábrica
del Verbo al culto.

Y el Espíritu Santo que en el pueblo
va a encarnar, redentor de las naciones,
¿dónde hallará basílica,
de sede regia?

Quiera Dios, vieja sede salmantina,
que el pueblo tu robusto pecho llene,
florezca en tus altares
un nuevo culto,

y tu hermoso cimborrio bizantino
se conmueva al sentir cómo su seno
renace oyendo en salmo
la Marsellesa.

Miguel de Unamuno, Poesías (1907), en Antología de la Poesía Modernista Española, Castalia, Madrid, 2008.


Detalle de la catedral de Salamanca


Sea como sea, la piedra permanece y en ella se concentra la huella de lo inefable.


ISLA DE PIEDRAS

A Dionisio Cañas

Esta tarde, solitario en Skype,
después de tantas horas solo ya pasadas, de tantas noches
venideras y solas (terriblemente han de venir
todas las horas del dolor),
veo la niebla subir de las Colinas Rojas,
y en esta isla atormentada,
de oscuridad y roca,
mis pies pisan el mundo desolados.

Intento recordar días recientes,
la tarde fría de la primavera de Oban,
o acaso el ancho rayo de blanquísimo fuego
cayendo en el islote nebuloso
donde, enfermos, agonizan los pájaros.
Intento recordar, traer algún calor
al pecho.

Y ahora que estoy más dentro de la noche
el tiempo ha serenado,
mientras avanzo en busca de cobijo.
Y he detenido el paso, en esta luz incierta,
para mirar la gusanera de los cielos
trocarse en un enjambre de luces detenidas,
y así curar el pecho, con engaño, de su honda soledad.
Pero en la medianoche el cielo es tenso, y al occidente huye, con
luz
que va a su muerte.
Y allí está el mar, abrazado de rocas ahora oscuras,
violeta cansada
que sostiene en su luz la muerta pesadumbre de la tierra.
El mar llega a mis ojos consolándolos,
pues él me está diciendo que no todo es dolor,
que aquí el mundo aún alienta.
Y más hacia la muerte van los ojos, donde cierra la luz
su resplandor dormido,
allá en el horizonte de las islas:
son islas de cristal, columnas de humo blanco, son jóvenes estrellas
que agonizan de frío.

Este paisaje hermoso es luz que muere, es roca atormentada,
oscuridad que ciega el ojo.
Y un viento vuela a mí, con milagroso olor,
y a tientas busco la florida rama.
Y encontrada la flor,
he mirado las luces de los cielos
con pecho consolado,
porque nunca se acaba el olor de las rosas.

Francisco Brines, Palabras a la Oscuridad (1966), en Todos los Rostros del Pasado, Círculo de Lectores, Madrid, 2007.



Piedra Movediza, en Tandil, Argentina

sábado, 24 de abril de 2010

Escrito en la Piedra III

Me gustaría terminar esta especie de monográfico con la que probablemente sea la más sublime expresión de la piedra. Me refiero con ello a la transformación del elemento natural en obra de arte, a la escultura y arquitectura, al monumento que, debido a su pétrea existencia, sobrevive al paso del tiempo y es símbolo e identidad de un pueblo. Por ello, divido esta entrada en dos partes, poniendo punto y final a esta disertación con la próxima aportación.

El largo poema parnasianista de Ricardo Gil que expongo a continuación es ejemplo de como esta corriente estética se centra en el detalle, en la emoción contenida dentro de la aparente frialdad de la belleza de la piedra. Contiene, además, la decadencia del paso del tiempo atrapado en el olvido de una estatua, la cual en su día gozó de admiración y elogios, al igual que uno de los tantos dioses creados por las personas. Nada es inmune a las horas ni a la vanidad humana y el poeta es el único ser capaz de captar la belleza esencial de lo arrinconado y marginal. El poeta es comparado a un dios - Poetas, torres de Dios, proclamaba Rubén Darío-.



LA ESTATUA CAÍDA

A mi hermano Adolfo

En la gruta del parque abandonado
lo vi, al pasar, caído
del pedestal que fue tronco envidiado.
Era un dios; no sé cuál...¡Tantos han sido
los que la Humanidad ha derribado!...

Por la arboleda, vaga salmodía
como un adiós eterno
sonaba opacamente. Anochecía.
Con besos sin calor se despedía
de la pálida estatua sol de invierno.

Inmóvil, mudo, en soledad medrosa,
el derribado bulto
brillaba con blancura misteriosa.
Yo lo creí cadáver insepulto
que me pedía la negada fosa.

No perdió en la caída su grandeza.
Pallium tejió severo
sobre sus desnudeces la maleza,
velando así la olímpica belleza
que palpita en los números de Homero.

Parecía esquivar, como indignada,
la divina escultura
vil contacto de tierra encenagada,
levantando en extática postura
su frente pensativa y coronada.

Aún la diestra de mármol arrogante
sujetaba con brío
el cálix de los dioses elegante:
cálix que rebosó de néctar fragante,
ya para siempre inútil y vacío.

El dios que a los mortales amó tanto
guardó el cálix glorioso
esperando, tal vez, en su quebranto
que lo llenara el hombre generoso
con la ambrosía del dolor: el llanto.

¡Y se engañaba el dios! Mas un lamento
de prolongadas notas,
respondió al enojoso pensamiento...
De aquellas rocas húmedas, con lento
compás caían sollozantes gotas.

¡Oh, suprema Piedad!... Aquel gemido
era tu voz doliente
llorando de los hombres el olvido.
Tú llenabas el cálix lentamente
con llanto de las rocas desprendido.

Por el sol de las gotas arrullada,
en abstracción constante,
la pensativa estatua derribada
hundía en el espacio su mirada
como atraída por visión distante.

Interrogué, por ella fascinado,
su mirada tranquila,
y así como en las aguas reflejado
tiembla el sol, en sus ojos sin pupila
vi temblar el reflejo del pasado.

Y leí de sus ojos en lo oscuro:
-¿Qué tenebrosa idea
del artista aguzaba el hierro duro?...
¿Quién me hizo dios y luego el inseguro
pedestal derribó?...¡Maldito sea!

¡Oh, fugitiva luz!... Rastro sereno
de días ya remotos,
no te apagues aún, de encanto lleno
fulgura mientras van mis miembros rotos
confundiéndose informes con el cieno.

¿Quién turbó mi reposo?... ¿Qué locura,
golpeando incesante,
deslizó por la piedra tosca y dura
esa línea que ondula palpitante
con el ritmo ideal de la hermosura?...

¿Quién cinceló mi pecho levantado
por inmortal anhelo
y en las esbeltas olas modelado?...
¿Quién a mi tersa frente dio, inspirado,
la misteriosa redondez del cielo?

¿Para qué la ciñó cerco divino,
que es de espinas ahora,
y el noble cálix a mis manos vino
que de la vida el néctar atesora,
si era morder el polvo de mi destino?

Del que ornó con diadema escarnecida
mis sienes altaneras.
sea la raza infame maldecida...
-¡ Calla, la interrumpí. Calla y olvida.
No maldigas al hombre... ¡Si supieras!

Pobre mármol, tan frágil como hermoso,
que en polvo te deshaces,
de la montaña al seno tenebroso
volando van tus átomos fugaces,
y allí de nuevo encontrarán reposo.

Pero el que te formó no halla sosiego.
Consigo mismo en guerra,
no conoce la paz y marcha ciego,
labrando dioses que derriba luego
y que marcan su paso por la tierra.

De la humana pasión cada latido,
tomando forma y nombre,
fue un dios ayer por otro dios vencido;
un ideal es hoy que olvida el hombre
por otros ideales seducido.

La sed de lo absoluto le devora
con ansiedad creciente,
y en esos vanos ídolos que adora
una chispa encerró deslumbradora
de la hermosura que al soñar presiente.

Sólo una chispa de fulgor escaso
que breve se desliza
cuando él en sueños ve sol sin ocaso...
¡Eterna sed al hombre martiriza,
y una gota no más encierra el vaso!...

Tú misma, estatua mutilada y vieja,
con tus contornos bellos,
la sed irritas que al mortal aqueja.
Tu hermosura fugaz sólo refleja
de un eterno ideal vagos destellos.

Piensa que él ama el ídolo elevado
en sus débiles hombros;
que lo mira caer desconsolado,
y antes de hollar su planta los escombros,
con llanto de dolor los ha regado.

¡Oh! si tú conocieras el tormento
de la impotencia humana,
¿cómo podría maldecir tu acento?...
El hombre no reposa ni un momento...
Tú, pobre dios, descansarás mañana.

.....................................................................

Me oyó la estatua; su expresión altiva
mi voz troncó en ternura,
y la vi, meditando compasiva,
levantar en extática postura
su frente coronada y pensativa.

Comenzaba la noche. En esa hora
que lo entristece todo,
me alejé de la gruta donde mora
el dios; en soledad aterradora
quedóse blanqueando sobre el lodo.

Por inquietud constante fustigado,
y por el vano ruido
de la ciudad, sin tregua, mareado
vivo, si esto es vivir, pero no olvido
aquel rincón del parque abandonado.

Y al ver huir del torbellino en alas,
rozando lodo inmundo,
las que fueron ayer preciosas galas,
pienso en ti, pobre dios, que así resbalas
hacia ese abismo lóbrego y profundo.

¡Oh, dios caído! En nuestra edad inquieta
nadie tu pena siente.
¿Quién tus despojos pálidos respeta,
y en el desierto parque tristemente
los saluda al pasar? Sólo el poeta.

Él buscará en la gruta sombría
estatua coronada todavía.
y en la tarde unirá su adiós eterno
al eco de remota salmodía
y al beso sin calor del sol del invierno.

Ricardo Gil, La Caja de Música (1898), en Antología de la Poesía Modernista Española, Castalia, Madrid, 2008.






Si la transformación de la piedra en monumento y estatua supone un intento de captar la esencia de lo etéreo -léase ideal o dios, pues transformar una personalidad destacada en estatua (o piedra) es elevarla a la categoría de dios- y erigirlo en identidad y objeto de culto, su destrucción supone una forma de dominio y, a veces, humillación. En el anterior poema, era el olvido de las personas el que pasaba factura a la estatua, en el que vamos a ver a continuación, es la propia mano de éstas la que destruye la memoria y gloria de un momento y nación. Ahora bien, en éste la esencia, la identidad del pueblo no se halla en la piedra, sino en la tierra como expresión propia de una colectividad.


JÓNICO

Aunque hayan derribado sus estatuas
y estén proscritos de sus templos,
los dioses viven siempre,
oh tierra de Jonia, y es a ti a quien aman,
a ti a quien añoran todavía.
Cuando sobre ti surgen las mañanas de agosto
el temblor de sus pies atraviesa la atmósfera;
y a veces la imagen de un efebo,
inasible como una sombra alada,
sobre las colinas te toma.

Konstantinos Kavafis, Poemas, Mondadori, Madrid, 1998.




Máxima expresión del ideal reflejado en la piedra es el poema de Luis Cernuda, El Ruiseñor sobre la Piedra, pues en él se celebra la verdad de la España ideal representada de forma visible y perdurable en el monasterio de El Escorial, imagen de armonía eterna que consuela en el tiempo discorde del destierro del poeta, pues aparece éste en el poema como imagen de la belleza inútil frente al utilitarismo del mundo anglosajón del exilio.

En El Ruiseñor sobre la Piedra se integra la preocupación patriótica del poeta en el sistema de valores estéticos, porque el monasterio es también símbolo de la belleza y el poema trata de la naturaleza del arte.


EL RUISEÑOR SOBRE LA PIEDRA

Lirio sereno en piedra erguido
junto al huerto monástico pareces.
Ruiseñor claro entre los pinos
que un canto silencioso levantara.
O fruto de granada, recio afuera,
mas propicio y jugoso en lo escondido.
Así, Escorial, te mira mi recuerdo.
Si hacia los cielos anchos te alzas duro,
sobre el agua serena del estanque
hecho gracia sonríes. Y las nubes
coronan tus designios inmortales.

Recuerdo bien el sur donde el olivo crece
junto al mar claro y el cortijo blanco,
mas hoy va mi recuerdo más arriba, a la sierra
gris bajo el cielo azul, cubierta de pinares,
y allí encuentra regazo, alma con alma.
Mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra.
¿Qué saben de ella quienes la gobiernan?
¿Quienes obtienen de ella
fácil vivir con un social renombre?
De ella también somos los hijos
oscuros. Como el mar, no mira
qué aguas son las que van perdidas a sus aguas,
y el cuerpo, que es de tierra, clama por su tierra.

Porque me he perdido
en el tiempo lo mismo que en la vida,
sin cosa propia, fe ni gloria,
entre gentes ajenas
y sobre ajeno suelo
cuyo polvo no es el de mi cuerpo;
no con el pensamiento vuelto a lo pasado,
ni con la fiebre ilusa del futuro,
sino con el sosiego casi triste
de quien mira a lo lejos, de camino,
las tapias que de niño le guardaran.

Dorarse al sol caído de la tarde,
a ti, Escorial, me vuelvo.

Hay quienes aman los cuerpos
y aquellos que las almas aman.
Hay también los enamorados de las sombras
como poder y gloria. O quienes aman
sólo a sí mismos. Yo también he amado
en otro tiempo alguna de esas cosas,
mas después me sentí a solas con mi tierra,
y la amé, porque algo debe amarse
mientras dura la vida. Pero en la vida todo
huye cuando el amor quiere fijarlo.
Así también mi tierra la he perdido,
y si hoy hablo de ti es buscando recuerdos
en el trágico ocio del poeta.

Tus muros no los veo
con estos ojos míos,
ni mis manos los tocan.
Están aquí, dentro de mí, tan claros,
qye con su luz borran la sombra
nórdica donde estoy, y me devuelven
a la sierra granítica en que sueñas
inmóvil, por la verde foscura de los montes
brillando al sol como un acero limpio,
desnudo y puro como carne efímera,
pero tu entraña es dura, hermana de los dioses.

Eres alegre, con gozo mesurado
hecho de impulso y de recogimiento,
que no comprende el hombre si no ha sido
hermano de tus nubes y tus piedras.
Vivo estás como el aire
abierto de montaña,
como el verdor desnudo
de solitarias cimas,
como los hombres vivos
que te hicieron un día,
alazando en ti la imagen
de la alegría humana,
dura porque no pase,
muda porque es un sueño.

Agua esculpida eres,
música helada en la piedra.
La roca te levanta
como un ave en los aires;
piedra, columna, ala
erguida al sol, cantando
las palabras de un himno,
el himno de los hombres
que no supieron cosas útiles
y despreciaron cosas prácticas.
¿Qué es lo útil, lo práctico,
sino la vieja añagaza diabólica
de esclavizar al hombre
al infierno en el mundo?

Tú, hermosa imagen nuestra,
eres inútil como el lirio,
Pero, ¿cuáles ojos humanos
sabrían prescindir de una flor viva?
Junto a una sola hoja de hierba,
¿qué vale el horrible mundo práctico
y útil, pesadilla del norte,
vómito de la niebla y el fastidio?
Lo hermoso es lo que pasa
negándose a servir. Lo hermoso, lo que amamos,
tú sabes que es un sueño y que por eso
es más hermoso aún para nosotros.

Tú conoces las horas
largas del ocio dulce,
pasadas en vivir de cara al cielo
cantando el mundo bello, obra divina,
con voz que nadie oye
ni busca aplauso humano,
como el ruiseñor canta
en la noche del estío,
porque su nido quiere
que cante, porque su amor le impulsa.
Y en la gloria nocturna
divinamente solo
sube su canto puro a las estrellas.

Así te canto ahora, porque eres
alegre, con trágica alegría
titánica de piedras que enlaza la armonía,
al coro de montañas sujetándola.
Porque eres la vida misma
nuestra, mas no perecedera,
sino eterna, con sus tercos anhelos
conseguidos por siempre y nuevos siempre
bajo una luz sin sombras.
Y si tu imagen tiembla en las aguas tendidas,
es tan sólo una imagen;
y si el tiempo nos lleva, ahogando tanto afán
insatisfecho,
es solo como un sueño;
que ha de vivir tu voluntad de piedra.
Ha de vivir, y nosotros contigo.

Luis Cernuda, Las Nubes (1940) en Las Nubes. Desolación de la Quimera, Cátedra, Madrid, 2003.

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, 1563/67.

martes, 6 de abril de 2010

Escrito en la Piedra II

Octavio Paz titula con el simbólico nombre de Piedra de Sol una composición poética publicada en 1957. No debe pasar por alto el hecho de que el título pueda ser interpretado con un doble sentido, pues no solo alude al famoso monolito con inscripciones sobre la cosmogonía mexicana y los cultos solares, base del calendario azteca, sino que también hace referencia a la piedra como tal y a su relación con uno de los elementos naturales que la acompañan en su estática existencia, el sol. Por tanto, vemos una vez más como el poeta se sirve de lo material para concentrar toda una visión a la práctica inefable y no solo eso, sino que además, en este caso, el autor mexicano se apoya en una piedra con connotaciones mágicas y etéreas, casadas en la propia Piedra del Sol.
Encontramos en el extenso poema que es Piedra de Sol el intento -muy bien logrado, bajo mi punto de vista- de atrapar en una sola las diferentes dimensiones que envuelven al ser humano, refiriéndome con dimensiones a aquello de esencial que hay en la vida. Por ello mismo, el eje central del mismo es el amor, que todo lo puede, y la desgarrada pasión de los amantes, que en sus actos de carnalidad cotidiana, consiguen crearse un mundo a medida.
En Piedra de Sol la esperanza late con el nuevo día, la eternidad se concentra en la historia, en el solo ser que no es más que todos los demás seres. De la individualidad nace el existir colectivo, pues la realidad de todos no es más que la propia y única realidad.


(...) Eloísa, Perséfone, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chofer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo t Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco:
vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba,
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado (...)
quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
se despeñó el instante en otro y otro,
dormí sueños de piedra que no sueña
y al cabo de los años como piedras
oí cantar mi sangre encarcelada,
con un rumor de luez el mar cantaba,
una a una cedían las murallas,
todas las puertas se desmoronaban
y el sol entraba a saco por mi frente,
despegaba mis párpados cerrados,
desprendía mi ser de su envoltura,
me arrancaba de mí, me separaba
de mi bruto dormir de siglos de piedra (...)

Octavio Paz,
Piedra de Sol (1957) en La Estación Violenta (1948-1957), Piedra y Sol. Poemas Escogidos, Visor, Madrid, 2007.


Piedra de Sol


Una imagen muy diferente a la comentada hasta el momento es la que la medicina de siglos anteriores (XV-XVIII) utilizaba de la piedra para hacer referencia a uno de los grandes males, por aquel entonces mitificado y extraño desconocido, la locura. De esta manera, los curanderos se suponía que extraían una piedra negra, la piedra de la locura, del cráneo de aquellos infelices que eran diagnosticados como poseedores de ese mal.
Este fue tema frecuente en la pintura flamenca (s. XV y XVI), pero también fue un tópico utilizado por el famoso humanista Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la Locura (1509) - o Elogio de la Estulticia-, concibiendo la locura como estupidez, tontería, sandez o majadería, en combinación con la mezquindad, la bobería e incluso la malicia :

Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro cuán mal hablan de la estulticia incluso los más estultos, soy, empero, aquella, y precisamente la única que tiene poder para divertir a los dioses y a los hombres.

Erasmo de Rotterdam, Elogio de la Locura, 1509.

Erasmo de Rotterdam


Alejandra Pizarnik, siguiendo la línea de su particular estilo poético, retoma el tópico y utiliza el título de Extracción de la Piedra de la Locura (1968) para un complicado y oscuro poemario. En él, la poeta se sume en la desesperación y la noche, confundiendo la realidad que la envuelve con la propia conciencia en apariencia desequilibrada, hasta llegar al abismo inescrutable que es su propia poesía.

Cantora Nocturna

Joe, macht die Musik von damals nacht...

La que murió de su vestido azul está cantando. Canta imbuida de muerte al sol de su ebriedad. Adentro de su canción hay un vestido azul, hay un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado con los ecos de los latidos de su corazón muerto. Expuesta a todas las perdiciones, ella canta junto a una niña extraviada que es ella: su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la niebla verde en los labios y del frío gris en los ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre la sed y la mano que busca el vaso. Ella canta.

Alejandra Pizarnik, Extracción de la Piedra de la Locura (1968) en Poesía Completa, Lumen, Barcelona, 2007.

Extracción de la Piedra de la Locura, El Bosco, 1475-1480

domingo, 7 de marzo de 2010

Escrito en la Piedra I

Mi fascinación por la piedra comenzó cuando leí por primera vez el poema de Pedro Salinas, La Memoria en las Manos (Largo Lamento, 1936/9). La piedra es concebida por el poeta como quasi inmortal materia en la que quedan grabadas las huellas del paso del tiempo. Sostenerla entre las manos, acariciarla, es una forma de agradecer el paso de las estaciones, de adorar ese mundo que desconocemos y cuya suma de los días viene a ser lo que entendemos por historia. Pero además la piedra evoca, en este poema, el recuerdo de un amor. Si para Proust es el olor de las magdalenas, para Salinas es el tacto de la materia más dura y silenciosa la que despliega todo un cúmulo de emociones y secretos adormecidos en la misteriosa zona de un posible olvido. La anécdota se pone a disposición del poeta para llevar a cabo una importante disertación sobre lo eterno y lo mortal, sobre la belleza de lo delicado y la trascendentalidad de lo material, tantas veces menospreciada. Bajo mi punto de vista, se trata de una composición hermosa y sublime de cómo lo mínimo y deshechado - ¿quién no ha dado una patada a alguna piedra al caminar aburrid@ por la calle?- puede unirnos a lo etéreo e imposible. Regalo de las piedras es la inmaterialidad que toda su materia conlleva. Deberíamos estarles agradecid@s.


LA MEMORIA EN LAS MANOS
Hoy son las manos la memoria.
El alma no se acuerda, está dolida
de tanto recordar. Pero en las manos
queda el recuerdo de lo que han tenido.

Recuerdo de una piedra
que hubo junto a un arroyo
y que cogimos distraídamente
sin darnos cuenta de nuestra ventura.
Pero su peso áspero,
sentir nos hace que por fin cogimos
el fruto más hermoso de los tiempos.
A tiempo sabe
el peso de una piedra entre las manos.
En una piedra está
la paciencia del mundo, madurada despacio.
Incalculable suma
de días y de noches, sol y agua
la que costó esta forma torpe y dura
que acariciar no sabe y acompaña
tan sólo con su peso, oscuramente.
Se estuvo siempre quieta,
sin buscar, encerrada,
en una voluntad densa y constante
de no volar como la mariposa,
de no ser bella, como el lirio,
para salvar de envidias su pureza.
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles
libélulas se han muerto, allí, a su lado
por correr tanto hacia la primavera!
Ella supo esperar sin pedir nada
más que la eternidad de su ser puro.
Por renunciar al pétalo, y al vuelo,
está viva y me enseña
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,
soltar las falsas alas de la prisa,
y derrotar así su propia muerte.

También recuerdan ellas, mis manos,
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.
Nada más misterioso en este mundo.
Los dedos reconocen los cabellos
lentamente, uno a uno, como hojas
de calendario: son recuerdos
de otros tantos, también innumerables
días felices
dóciles al amor que los revive.
Pero al palpar la forma inexorable
que detrás de la carne nos resiste
las palmas ya se quedan ciegas.
No son caricias, no, lo que repiten
pasando y repasando sobre el hueso:
son preguntas sin fin, son infinitas
angustias hechas tactos ardorosos.
Y nada les contesta: una sospecha
de que todo se escapa y se nos huye
cuando entre nuestras manos lo oprimimos
nos sube del calor de aquella frente.
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?
El peso en nuestras manos lo insinúa,
los dedos se lo creen,
y quieren convencerse: palpan, palpan.
Pero una voz oscura tras la frente,
-¿nuestra frente o la suya?-
nos dice que el misterio más lejano,
porque está allí tan cerca, no se toca
con la carne mortal con que buscamos
allí, en la punta de los dedos,
la presencia invisible.
Teniendo una cabeza así cogida
nada se sabe, nada,
sino que está el futuro decidiendo
o nuestra vida o nuestra muerte
tras esas pobres manos engañadas
por la hermosura de lo que sostienen.
Entre unas manos ciegas
que no pueden saber. Cuya fe única
está en ser buenas, en hacer caricias
sin casarse, por ver si así se ganan
cuando ya la cabeza amada vuelva
a vivir otra vez sobre sus hombros,
y parezca que nada les queda entre las palmas,
el triunfo de no estar nunca vacías.

Pedro Salinas, Largo Lamento (1936/9) en La Voz a ti Debida. Razón de Amor. Largo Lamento, Cátedra, Madrid, 2005.



Salinas presenta una concepción de la piedra no tan diferente a la de uno de los grandes maestros de la Generación del 27, Juan Ramón Jiménez. El poeta ganador del Premio Nobel (1956) publica en 1919 Cielo y Piedra. Como muy bien indica el título, se contraponen dos elementos, la piedra y la tierra con el cielo y lo etéreo. Pero es que Juan Ramón Jiménez trata de edificar una conciencia que, tras atesorar todos los secretos de la naturaleza, se proyecte sobre la realidad dotándola de sentido. Se tiene la certidumbre de que lo eterno está aquí - el cielo está en la piedra misma- y debe ser descubierto por el poeta. De hecho, el libro termina con una afirmación de la palabra poética como salvación del yo y del mundo en un eterno presente contra el que nada puedan ni el tiempo ni la muerte.

II. Piedra y Cielo: 2

12

¡Tesoros del azul,
que un día y otro, en vuelo repetido,
traigo a mi tierra! ¡Polvo de la tierra,
que, un día y otro, llevo al cielo!

¡Oh, qué ricas las manos de la vida,
todas llenas de flores de lo alto!
¡Qué pura, cada estrella,
-¡ Oh, yo, qué rico, regalando a todos
todo lo que recojo y cambio con mis sueños!-

¡Qué alegría este vuelo cotidiano,
este servicio libre,
de la tierra a los cielos,
Cursiva
de los cielos, ¡oh, pájaro!, a la tierra!

Juan Ramón Jiménez, Piedra y Cielo (1919) en Antología Poética, Cátedra, Madrid, 2008.



Me gustaría terminar esta entrada con un poema-prólogo de José Hierro al libro Con las Piedras, con el Viento (1950) con la intención de que participarais de mi fascinación por este elemento, muchas veces infravalorado por su cotidianeidad. Siguiendo en la misma línea de las anteriores composiciones, el poeta utiliza la materialidad de la piedra para contraponerla a otro elemento etéreo semejante al de Juan Ramón Jiménez, el viento. Os invito, después de leer esta entrada, a que toméis una piedra entre las manos, la acariciéis, conscientes de la huella que en ella viene impresa, y os dejéis llevar por el ritmo de la vida. Quizás así consigáis rozar, por unos instantes, la eternidad y perfecta comunión con el mundo. Yo lo hice.

1

Con las piedras, con el viento
hablo de mi reino.

Mi reino vivirá mientras
estén verdes mis recuerdos.
Cómo se pueden venir
nuestras murallas al suelo.
Cómo se puede no hablar
de todo aquello.
El viento no escucha. No
escuchan las piedras, pero
hay que hablar, comunicar,
con las piedras, con el viento.

Hay que no sentirse solo.
Compañía presta el eco.
El atormentado grita
su amargura en el desierto.
Hay que desendemoniarse,
liberarse de su peso.
Quien no responde, parece
que nos entiende,
como las piedras o el viento.

Se exprime así el alma. Así
se libra de su veneno.
Descansa, comunicando
con las piedras, con el viento.

José Hierro, Con las Piedras, con el Viento (1950) en Antología, Visor, Madrid, 2002.