martes, 26 de julio de 2011

La Mujer Desde la Mujer III

Uno de los mitos sexistas más extendidos y resistentes al cambio es el que apunta hacia la maternidad como realización natural de la mujer. Si bien es cierto que no puede negarse el deseo de ser madre y el hecho que, en muchos casos, la maternidad suponga una realización personal importante, hay que tener en cuenta también que sexo femenino no significa instinto maternal per se. ¿El llamado instinto maternal es deseo libre de la mujer o es imposición social por el hecho de ser mujer?.

Al mismo tiempo, es necesario tener bien presente que la mujer, al igual que el hombre, es libre en su poder de decisión y son muchos los planos que pueden conducir a que esta se sienta plenamente realizada, más allá del acto de ser madre e incluso excluyendo este hecho.

Pero este mito es tan resistente y está tan fuertemente arraigado, que cuando una nace mujer, la sociedad espera de ella que sea madre, teniendo lugar una presión implícita, y frecuentemente también explícita, en cada paso que una toma. Sin darse cuenta del todo, la mujer está socialmente predestinada a ser madre por el simple hecho de nacer mujer.

La cultura y sociedad androcéntrica y patriarcal es tan impositiva en este y muchos otros hechos, que puede convertir la vida de una mujer sin hijos en una verdadera pesadilla.


MUJER SIN HIJOS

El útero

sacude su vagina, la luna

se vacía desde el árbol sin rumbo fijo.

Mi paisaje es una mano sin líneas,

las sendas se arraciman anudándose,

el nudo mismo,


yo, la rosa que consigues:

este cuerpo,

este marfil


divino cual lloro de niño.

Arácnida, yo, hilo espejos,

fiel a mi imagen,

manando solamente sangre:

¡degústala, rojo mate!

Y mi floresta


mi funeral,

y esta colina u estotra

luciente de cadaverinas bocas.

Plath, Silvia, Antología, Madrid, ed. deJesús Pardo, Visor de Poesía, 2003.






Por otro lado, es innegable que el hecho de ser madre puede, y atención con ese puede porque no siempre es así, suponer una realización personal importante. Y es intersante en este punto tener en cuenta que la mujer convive nueve meses con el feto, siendo este parte inseparable de su propio cuerpo. Por tanto se produce algo que el hombre nunca podrá llegar a vivir o comprender del todo: crear o dar a luz una parte del propio ser, un mismo latido. Si además este acontecimiento es sublimado y mitificado por la sociedad y convertido en finalidad propia del sexo femenino, resulta comprensible que el aborto sea configurado como tabú y una de las más grandes desgracias que la mujer pueda vivir.


Se desprendió mi sangre para formar tu cuerpo.
Se repartió mi alma para formar tu alma.
Y fueron nueve lunas y fue toda una angustia
de días sin reposo y noches desveladas.
Y fue en la hora de verte que te perdí sin verte.
¿De qué color tus ojos, tu cabello, tu sombra?
Mi corazón que es cuan que en secreto te guarda,
porque sabe que fuiste y te llevó en la vida,
te seguirá meciendo hasta el fin de mis horas.
Méndez, Concha, Niño y Sombra (1936), en Poetas del 27. La Generación y su Entorno. Antología Comentada, Madrid, Austral, 2007.





Como señalaba antes, la maternidad supone un acontecimiento biológico para la mujer, según el cual su cuerpo cambia y se producen cambios hormonales y psicológicos que en el hombre no tienen lugar. Sí es cierto que el hombre o miembro de la pareja que no participa de la gestación se prepara mentalmente para el proceso de embarazo y posterior paternidad, pero la mujer va creando toda una serie de vínculos naturales con el feto, puesto que no solo lo transporta, sino que además lo alimenta, lo protege, y este es a ella a quien más cerca siente y al cuerpo de su madre al que se habitúa y toma como morada.

Pero desengañémonos, no siempre el embarazo es placentero para la mujer. En muchas ocasiones esta se siente extraña a sí misma, arrebatada, con náuseas, pesada, apática y, una vez nacido el niño o la niña, vacía. Otras veces no. De la misma manera, unas están dispuestas a dar el pecho al bebé y otras no. Sin ser mejores o peores madres. Simplemente, haciendo uso de su libertad como mujeres.


DANDO EL PECHO

Al cogerla tengo que tener cuidado.

Es como tratar de cargar un montoncito de agua

sin que se derrame.

Me siento en la mecedora

la acuno,

y al primer quejido,

empiezo a dar leche como vaca tranquila.

Ella vuelve a ser mía,

pegadita a mí,

dependiendo de mí

como cuando solo yo la conocía

y vivía en mi vientre.

Belli, Gioconda, Escándalo de Miel, Barcelona, Seix Barral, 2011.





En conclusión, biológicamente mujeres y hombres somos diferentes, y el proceso de maternidad forma parte de esa diferencia biológica, ahora bien, sobre todas las cosas está la libertad de elección y el hecho de nacer con órganos sexuales femeninos no debe condicionar, de ninguna manera, la opción escogida o forma de autorrealización de ninguna mujer. No nacemos para ser madres. Nacemos para ser la persona que cada una queremos ser.


(...) En los remolinos del noviazgo perdí la virginidad, que nunca he podido entender por qué se considera una pérdida lo que es una ganancia, en un Sinca 1000, como en la canción que hizo furor pocos años después. Aquel suceso no lo viví como un descubrimiento gozoso, sino como una especie de obligación para con mi novio, a la que accedí gustosa, sin duda, pero que luego me produciría muchas culpabilizaciones y remordimientos. Pensaba entonces que a partir de aquello nadie me iba a querer ni a valorar, porque había dejado de ser virge, y ese pensamiento, que no se me iba de la cabeza, me llenaba de congoja. Me habían educado así y eran conceptos morales que tenía grabados a fuego en el cerebro y que me costaría mucho esfuerzo y contratiempos quitarme de encima. Cuando no se sabe nada de la vida, ni se conocen otras cosas que las que te han inculcado desde los prejuicios más rancios, una situación así puede llegar a ser muy incómoda y no tiene otra salida decente que la iglesia (...).

Dómiza Zara, Dómina Zara: Soy un Sueño. Memorias, Barcelona, Plaza y Janés, 2005.



Dómina Zara

viernes, 15 de julio de 2011

La Mujer Desde la Mujer II

Con la liberación y proclamación de los derechos de la mujer se comenzó a reconocer un cuerpo diferente, el femenino, iniciándose un combate contra la ignorancia y a favor de la aceptación.

Durante siglos, fruto del desconocimiento y el temor, se consideró el flujo menstrual como maligno, al mismo tiempo que se tenía una concepción de la mujer como pecado y pecaminosa, bruja o sucia. El hablar sobre ello estaba vetado. La femineidad debía ser ocultada.



BEODOS

Enfangada en el colchón bajo el signo de la bruja tarasca,

en su apretón de sangre, la ensoporada virgen

ahorca con su menstruación al hombre lunar

cargado de gavillas en su huevo sin fisuras.

Incubado en apurado bocoy de tintorro,

él domina, inumbilicado a gemidos,

pero al precio de acribillarse la piel:

piscirrabudas chicas levan sus blancas piernas.

Plath, Silvia, El Coloso (1960), en Antología, ed. de Jesús Pardo, Madrid, Visor de Poesía, 2003.






Hoy en día las cosas han cambiado, de acuerdo, pero tampoco tanto.

A las mujeres nos cuesta hablar sobre la menstruación en voz alta y rodeada de hombres. Si necesitamos pedir un tampón o una compresa, siempre es en voz baja. No son muchos los hombres que deseen mantener relaciones sexuales durante este periodo del mes, pese a que está demostrado que para nosotras es mucho más placentero el acto sexual debido a los cambios hormonales. Y por si fuera poco, los anuncios publicitarios nos martirizan con chicas en pantaloncitos cortos de color blanco dando saltitos, cuando sabemos que es una osadia el vestir de blanco durante los primeros días y preguntándonos el porqué de tanta pirueta porque animalitos no somos. Aparecen también en estos anuncios mujeres vestidas de rojo y grilletes en un avión, resultando rídicula la personalización de lo biológico. En fin.


MENSTRUACIÓN

Tengo

la "enfermedad"

de las mujeres.

Mis hormonas

están alborotadas,

me siento parte

de la naturaleza.

Todos los meses

esta comunión

del alma

y el cuerpo;

este sentirse objeto

de leyes naturales

fuera de control;

el cerebro recogido

volviéndose vientre.

Belli, Gioconda, Escándalo de Miel, Barcelona, Seix Barral, 2011.





La verdad es que cuando tenemos la menstruación tenemos un cambio hormonal. Algunas estamos tristes, otras enfadadas y otras ni lo notamos. A muchas nos apetece tener relaciones sexuales, pues la sangre se limpia como se limpia el semen. A veces nos duele la cabeza, o tenemos dolor de barriga, ovarios o riñones, o todo a la vez. Otras veces, pensamos en un alarde de feminismo que el síndrome premenstrual es una engañina y no existe, pero al mes siguiente solo queremos desaparecer durante esos días. Frecuentemente, pese a tampones y compresas, nos ensuciamos. Y, sobre todo, lo que no hacemos, es dar saltitos, hablar con nuestra regla o cortar la mahonesa.


MICROLECCIÓN DE ANATOMÍA DE PAULA H*

Yo dije: "¡¡cojones!!"

y ella: "no pronuncies palabras

que no tienes en el cuerpo".

*Paula Hoogenboom a los diez años.

Ajo, Micropoemas 2, Madrid, Arrebato, 2010.




Funda para tampón.

miércoles, 6 de julio de 2011

La Mujer Desde la Mujer I

Es un hecho constatable el que la mujer genere de manera ininterrumpida fascinación y curiosidad en el hombre. En una sociedad patriarcal y androcéntrica, en la que el componente masculino es el que prima y dirige, ya sea consciente o inconscientemente, el espacio público, estamos demasiado acostumbrad@s a conocer mucho mejor un único punto de vista: el del varón. Por descontado, el arte también forma parte de esa maraña androcéntrica y sexista, y las voces femeninas han sido durante siglos ocultadas y silenciadas.

Pues bien, hay muchas mujeres poetas y muy buenas.


El hombre siempre ha hablado sobre la mujer y la mujer también lo ha hecho sobre el hombre. Pero ya es hora de escucharlas a ellas, porque como mujeres, no siempre nos sentimos identificadas con lo que ellos escriben sobre nosotras: belleza, amor, pecado, crueldad, sentimiento, fragilidad, todas ellas palabras muy bellas, pero que también forma parte del sexo masculino y no nos definen a nosotras por naturaleza.

¿Queréis saber, hombres del mundo, cómo somos las mujeres?, pues leednos, escuchadnos.

Nos situamos a finales del Barroco y empezamos con unos fragmentos de las redondillas más famosas y osadas de la literatura hispanoamericana, las de Sor Juana Inés:

REDONDILLAS

Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que causan.

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver qe sois ocasión,

de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien,

si las incitáis al mal?.

Combatís su resistencia,

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia (...)

Siempre tan necios andáis

que, con desigual nivel,

a una culpáis por cruel,

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata, ofende,

y la que es fácil, enfada? (...)

¿Pues para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis,

o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar (...).

De la Cruz, Sor Juana Inés, Poesía Lírica, Madrid, Cátedra, 2009.





Sor Juana Inés de la Cruz


Como mujeres, poseemos un cuerpo diferente al del hombre, convertido en objeto de deseo y motivo poético en prácticamente toda la historia de la literatura. Y es lógico, porque el desconocimiento exacerba el deseo sexual, pero si despojamos la descripción de nuestras curvas (ya sean más o menos) de todo deseo y nos centramos en su belleza, como bello puede ser el cuerpo de un pájaro, una tortuga o una hormiga, tenemos lo siguiente:



Así morirán mis manos oliendo a espliego falso

y morirá mi cuello hecho de musgo,

así morirá mi colonia de piano y de tinta.

Así la luz rayada,

la forma de mi forma,

mis calcetines de hilo,

así mi pelo que antes fue barba bárbara de babilonios

decapitados por Semíramis.

Por último mis senos gramaticalmente elípticos

o las anchas caderas que tanto me hicieron llorar.

Por último mis labios que demasiado feroces se volvieron,

el griego hígado,

el corazón medieval.

la mente sin cabalgadura.

Así morirá mi cuerpo de arco cuya clave es ninguna,

es la música haciendo de tiempo,

verde música sacra con el verde del oro.

Andreu, Blanca, De una Niña de Provincias que se Vino a Vivir en un Chagall (1981) en Poesía Española Reciente, Madrid, Cátedra, 2008.





Así, cada palabra adquiere pleno sentido, cada parte es nombrada y reconocida, y gracias a ese reconocimiento, nos identificamos como seres femeninos, no excentas de una merecida y orgullosa sensualidad:


TALLER DE SEDERÍA

Es un espléndido manantial de magnífica seda (...)

Salvo la seda, no hay otro comercio en esta ciudad,

por lo cual los forasteros no permanecen en ella y

solo la habitan sus propios vecinos.

Ibn Al-Jatib

Seda del párpado, seda de la ingle,

seda roja del cielo de la boca,

seda blanca, escondida, de la nuca,

la pieza con pequeños lunares de la espalda,

crisálida de seda del ombligo,

el ovillo del pubis, la seda que se adentra,

el encaje de seda de la axila,

la organza de los labios,

la piel como sedante,

las palabras sedosas

el sedal sin anzuelo de los brazos,

piel de fibra tensada - tarea de hiladera

del gusano inquilino, el tejedor del gremio

de los sastres futuros que destejen

la vieja seda rota y desvaída,

del trapero que rasga y que descose

los últimos recortes, los retales,

la mortaja de seda apolillada.

Luque, Aurora, Transitoria (1998), en Poesía Española Reciente, Madrid, Cátedra, 2008.





Madre I, Jane Beall



Y es que resulta que la literatura es conocimiento. Para que luego haya quien diga que no sirve para nada...

(...) No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no entendamos a nosotros mesmos ni sepamos quiénes somos. ¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese quién fue su padre, ni su madre, ni de qué tierra?.

Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor lo que hay en nosotras cuando no procuramos saber saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y ansí, a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma; mas que bienes puede haber en esta alma u quien está dentro de esta alma y el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos, y ansí se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura; todo se nos va en la grosería del engaste u cerca de este castillo, que son estos cuerpos (...).

De Jesús, Teresa, Moradas del Castillo Interior, en Antología, ed. de Mª Pilar Manero Sorolla, Barcelona, LHU, 1992.



viernes, 25 de marzo de 2011

Monjas y Monjitas II

En el que es considerado su último poemario importante, Cantos de Vida y Esperanza (1905), Rubén Darío, poeta modernista por excelencia del mundo hispano, dedica un poema a una tal Sor María.

En la forma cordial de la boca, la fresa
solemniza su púrpura; y en el sutil dibujo
del óvalo del rostro de la blanca abadesa
la pura frente es ángel y el ojo negro es brujo.
Al marfil monacal de esa faz misteriosa
brota una dulce luz de un resplandor interno,
que enciende en las mejillas una celeste rosa
en que su pincelada fatal puso el Infierno.
¡Oh, Sor María! ¡Oh, Sor María! ¡Oh, Sor María!
la mágica mirada y el continente regio,
¿no hicieron en una alma pecaminosa un día
brotar el encendido clavel del sacrilegio?
Y parece que el hondo mirar cosas dijera,
especiosas y ungidas de miel y de veneno.
(Sor María murió condenada a la hoguera:
dos abejas volaron de las rosas del seno).
Rubén Darío, Cantos de Vida y Esperanza, (1905), en Azul... Cantos de Vida y Esperanza, Madrid, Espasa, 1998.

Como podemos ver, prima el léxico cuidado, la magistral sinestesia, el colorido adjetivo que sorprende por su condición de inesperado. El poeta contrapone dos elementos, lo angelical y puro a lo infernal y pecaminoso, que acabarán por constituir el desarrollo del poema: la tentación que subyuga a la religiosa, cuyo cuerpo debiera mantenerse casto y libre de los males de la carne, pese a su belleza. De ahí que se corrompa y por ello sea castigada.

Ahora bien, pese al pecado en el que cae, el alma de Sor María es pura y limpia. Así, en su muerte se elevan hacia lo más alto del cielo dos abejas, despegando de las rosas del seno, símbolos de la Poesía y, por tanto, de la Belleza y el Ideal, de lo eterno.





I. Bergman en Las Campanas de Santa María, L. Mc Carey, 1945.


En Romancero Gitano (1924/27), haciendo uso de la poesía popular, Federico García Lorca dedica también un poema a una monja. Lo vemos a continuación.

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Que bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.
¡Oh, qué llanura empinada
con veinte soles arriba!
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

Federico García Lorca, La Monja Gitana, en Romancero Gitano, 1924/27.


Poesía de corte popular, en este poema García Lorca nos presenta, mediante bellísimas imágenes imposibles, extrañas e intuitivas, a una monja que teje y mira hacia el exterior a través de una celosía. En un tono afectivo, en el que abundan las exclamaciones, el poeta nos cuenta el anhelo de esta. El mundo se despierta y clama por su atención, pero ella lo deja pasar como a un sueño que no está hecho a su medida.

A través de estas dos entradas hemos visto varios ejemplos del tema de la monja en la poesía. Si bien unos poetas deciden que sucumba a la carne, otros la mantienen románticamente fiel a su divino dueño. Eso sí, en todos los casos, hermosas y apasionadas. ¿Habrá algún ejemplo de monja fea?. Si alguien lo sabe, me ecantaría que lo expusiera.






LA MONJA ATEA

Las monjas adoran a Dios que no existe
mientras el Papa aprieta el gatillo
y dice Dios no existe
es una imaginación de la Iglesia
que está muriendo poco a poco
los ateos lloran al pie de una estatua.
Y el mundo dice Dios no existe
es una imaginación del Papa
mientras los ateos
lloran y lloran por su belleza perdida
y Dios ya no existe
está llorando en el Infierno

Esta es la estatua entera de la nada.

Leopoldo María Panero, La Monja Atea, Contra España y Otros Poemas No de Amor, (1990), en Poesía Completa (1970-2000), Madrid, Visor, 2006.Cursiva

http://existeunmundoparalelo.wordpress.com

sábado, 26 de febrero de 2011

Monjas y Monjitas I

Hace unos meses la profesora de literatura medieval me mandó analizar el siguiente villancico:

¡Cómo lo tuerce i lava
la monjita el su cabello!
¡Cómo lo tuerce i lava;
luego lo tiende al hielo!


A grandes rasgos, nos encontramos con una protagonista femenina, la monjita, a la que se dirigen en diminutivo, denotando, por tanto, afectividad o complicidad afectiva hacia ella. Predomina en toda la composición el tono exclamativo, que refuerza y reitera esa afectividad.

Algo que llama especialmente la atención es la inversión de las acciones, ya que normalmente lo primero es lavar el cabello para, seguidamente, retorcerlo. Comenzamos a notar en este primer verso, entonces, la voluntad estética del villancico, pero no solo eso, sino que también nos están diciendo que la mujer, en este caso una monja, está preparando su cabello para la sensualidad, ya que ese cómo exclamativo puede ser sustituído por ¡de qué manera lo tuerce i lava!.
El cabello, que aparece reiterado a lo largo de todo la composición, siendo el elemento sobre el que recae la acción, es un tópico repetido en los villancicos y propio de la literatura medieval que denota sensualidad y erotismo. El hecho de que se contraponga el erotismo con los votos religiosos de la protagonista, en los que no hay cabida para la recreación sensual representada por la acción de lavar y preparar el cabello y que nos refuerza ese cómo exclamativo, aparece representado en el poema por esa inversión de acciones, que nos indican una naturaleza contrariada.


Inmaculadamente Concebido, campaña publicitaria de Antonio Federici, El Helado es Nuestra Religión.


Es interesante también tener en cuenta que al lavar su cabello, la monja debe descubrir su cabeza. Libera, entonces, su esencia como mujer, propicia a los instintos naturales que el hábito reprime.

En los versos finales encontramos la resolución del conflicto represión/sensualidad. Vemos que, una vez lavado, tiende el cabello al hielo. Una vez más nos encontramos con una acción ilógica, puesto que, cuando está mojado, lo más natural es que se seque al sol, no al hielo, que está relacionado con el agua. Así, nuestra monjita desperdicia deliberadamente su belleza. Esta idea, triste o romántica, quién sabe, está reforzada por el tópico petrarquista de la contraposición entre el fuego y el hielo, entre la pasión y la sensualidad y la frialdad del convento en este caso.

Triste y hermosa composición, ¿no?.





Fueron varias las temporadas que Juan Ramón Jiménez pasó convaleciente en el Sanatorio del Rosario, debido a un temperamento extremadamente sensible y vulnerable. Allí estuvo rodeado de tristes paisajes, silencios de poeta y, por supuesto, inteligentes y hermosas monjas. Veamos uno de los poemas que, en Arias Tristes (1903), le dedica a sor María del Pilar de Jesús, recordada frecuentemente en sus prosas:


Su carita blanca y triste
Llena de amor y de ensueño,
Se perdía entre la sombra
Que arrojaba el manto negro.
El manto negro envolvía
El misterio de su cuerpo
De nardo y nieve, enterrado
Como si ya hubiera muerto.
Y entre la sombra divina
Que arrojaba el manto negro,
Brillaban sus vagos ojos
Como dos negros luceros;
Temblaban sus negros ojos
Como dos tristes luceros,
Iluminando la nieve
De sus mejillas sin besos.
La toca blanca, y más blanca
La carita…; quiso el cielo
Dejar ver solo lo blanco
De su frente y de su pecho!
Pasó a mi lado; sus ojos
A mi corazón hirieron…
Y yo me quedé en el mundo
Y ella se fue hacia el convento.
Mi alma se inundó de lágrimas
De esas que ahogan recuerdos;
Deshojé todas mis flores
Ante su triste silencio;
Y al pensar que no serían
Nunca míos sus secretos,
En vez de seguir mirándola
Bajé los ojos al suelo.
Parece mentira! Al irse
No me dio siquiera un beso;
¡cómo matan a las rosas
La azucena y el incienso!
Mi corazón me lo ha dicho:
Ella me miró un momento;
Pero se fue… para siempre…
Y ya nunca nos veremos.
Juan Ramón Jiménez, Arias Tristes, 1903.










Siendo uno de los primeros libros del poeta de Moguer, el poema, compendido en la sección Recuerdos Sentimentales, deja traslucir un preciosismo monótono, concretado en el cuadro descriptivo que presenta. No se trata, no obstante, de un preciosismo exterior, sino que Juan Ramón Jiménez, a través de las sensaciones que ese exterior le despierta, a través de las visiones más profundas y a través del recuerdo, se persigue a sí mismo. Es, por tanto, su propio yo, reflejado y objetivado en el exterior, lo que el poeta persigue en la composición. Se personaliza de esta manera la nostalgia y el terror que el poeta siente al asomarse adentro de sí, y encontrarse con el abismo, existencial y ontológico, al que el hombre de su época se condena, en el momento en que renuncia a las seguridades que el racionalismo y la religiosidad burguesa le ofrecían.


sábado, 13 de noviembre de 2010

Quien en buena ora cinxo espada

Uno de los pasajes del Cantar de Mio Cid (s. XII-XIII) que considero más bellos, tanto estéticamente, como temáticamente, es en el Cantar Primero, cuando Rodrigo Díaz de Vivar, Mio Cid, desterrado por el rey Alfonso VI, intenta entrar en la ciudad de Burgos. Esta se muestra temerosa ante el Campeador, puesto que el rey ha prohibido a sus súbditos que le otorguen posada y cobijo, so pena de duros castigos. En un principio, el Cid se muestra combativo ante tales restricciones y tiene intención de no denegarse la entrada a la ciudad, pero todo cambia cuando una niña de nueve años se postra ante él y le ruega que ceje en su empeño.


Los de mio Cid a altas vozes llaman,
los de dentro non les querién tornar palabra.
Aguijó mio Cid, a la puerta se llegava,
sacó el pie del estribera, una ferida·l´dava;
non se abre la puerta, ca bien era cerrada.
Una niña de nuef años a ojo se parava:
- ¡Ya Campeador, en buena ora cinxiestes espada!
El rey lo ha vedado, anoch d´él entró su carta
con grate recabdo e fuertemientre sellada.
Non vos osariemos abrir nin coger por nada;
si non, perderiemos los averes e las casas,
e demás los ojos de las caras.
Cid, en el nuestro mal vós non ganades nada,
mas el Criador vos vala con todas sus vertudes santas-.
Esto la niña dixo e tornós´pora su casa.
Ya lo vee el Cid, que del rey non avié gracia;
partiós´de la puerta, por Burgos agujava,
llegó a Santa María, luego descavalga,
fincó los inojos, de coraçón rogava.

E. de Alberto Montaner, Cantar Mio Cid, Barcelona, Crítica, 2007.




Así, el Cid decide dormir en la montaña:

La oración fecha, luego cavalgava,
salió por la puerta e Arlançón passava;
cabo essa villa en la glera posava,
fincava la tienda e luego descavalgava.
Mio Cid Ruy Díaz, el que en buena ora cinxo espada,
posó en la glera cuando no·l´coge nadi en casa,
derredor d´él una buena conpaña;
assí posó mio Cid commo si fuesse en montaña.

E. de Alberto Montaner,
Cantar Mio Cid, Barcelona, Crítica, 2007.

Es importante tener en cuenta que es este el único caso en que se menciona la edad de un personaje del cantar, y precisamente es para reforzar el hecho de que sea una niña quien convenza al Campeador para que no entre en la ciudad. Desde mi punto de vista, la niña es símbolo de la Inocencia, que conmueve al Cid. Finalmente y tomando muestra de ello, Rodrigo Díaz se dirige a la iglesia, como acto de piedad, y pasa la noche en la montaña, símbolo de humildad.






Siglos más tarde volveremos a encontrar este pasaje como motivo de un poema de Manuel Machado en el libro Alma (1912).

CASTILLA

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo...
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

- Buen Cid, pasad... El rey nos dará muerte,
arruinará la casa,
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita. "¡En marcha!".

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Manuel Machado, Alma (1912) en Alma. Caprichos. El Mal Poema, Madrid, Castalia, 2000.



Como vemos, el poema de Manuel Machado encarna perfectamente la atracción romántica y finisecular por lo primitivo y lo bárbaro, la idealizada Edad Media. Encontramos en Castilla dramatizado el contraste entre el vigor heroico del Cid y la delicadeza prerrafaélica de la niña, en un paisaje solar. Suspense, tensión emotiva y la figura mesiánica del Cid, con doce discípulos.

Comparando este poema con el fragmento del cantar más arriba expuesto, es importante señalar que en Castilla el parlamento entre el Campeador y la niña muestra un carácter más sintético, amplificándose la sanción. Los versos finales del poema siguen el cantar, casi literalmente en el verso ¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!, pero la decisión final presenta mayor contención y emoción de la que carece el cantar.

Simbolismo modernista enlazado con épica de transmisión oral. Es lo que tiene la buena literatura, que es eterna.



sábado, 25 de septiembre de 2010

Gitanos y Poesía



Siendo un tema muy actual, diría yo que no necesariamente por los últimos acontecimientos, sino desde siempre, me gustaría dedicar esta entrada a tod@s l@s gitan@s del mundo, proponiendo un pequeño itinerario por varios autores que dedican sus versos a este colectivo, cada uno con un motivo diferente y distinta idealización.

Comienza el recorrido en el Modernismo. A finales del siglo XIX y principios del XX los poetas buscaron la belleza más sublime en ciertas formas de decadencia, interesándose por personajes malditos, perseguidos, olvidados... De esta manera se aúnan restos del Romanticismo, cuyos poetas establecían pactos con Satanás, vendían su alma o vagaban por cementerios, en pos de alcanzar y defender una anhelada individualidad y en aras de intempestuosa rebeldía, junto a restos del naturalismo y el feísmo que llevó a sus autores a interesarse por individuos mutilados, enfermos, prostituas y todo aquel que malvive en sociedad.

De esta manera, los poetas modernistas fijaron su atención en tipos marginales y marginados, tales como la prostituta, el don juan, el opiómano y cocainómano, la mujer fatal en sus diversas manifestaciones, el loco, el mendigo, etc. y, en el intento por superar el spleen y la vulgaridad de la vida, el exotismo de oriente y el exotismo y libertad de los gitanos.

En el poema de Salvador Rueda que vamos a ver a continuación aparece la gitana como estereotipo de mujer exótica en su baile, sugerente y seductora, desprendiendo gran cantidad de erotismo gracias a sus movimientos y estallando en una explosión final de alegría a raíz del baile y cante flamenco.

BAILADORA
Con un chambergo puesto como corona,y el chal bajando en hebras a sus rodillas,baila una sevillana las seguidillas,a los ecos gitanos que un mozo entona.
Coro de recias voces canta y pregonade su rostro y sus gracias las maravillas,y ella mueve, inflamadas ambas mejillas,el regio tren de curvas de su persona.
Cuando enarca su cuerpo como culebra,y en ondas fugitivas gira y se quiebra,al brillante reflejo de las arañas,
estalla atronadora vocinglería,y en un compás amarra la melodíapalmas, risas, requiebros, cuerdas y cañas.

Salvador Rueda, La Bacanal. Desfile Antiguo (1893), en Antología de la Poesía Modernista Española, Madrid, Castalia, 2008.





Antonio Machado dedica a la canción flamenca un poema inserto en la sección Galerías de su libro Soledades, Galerías y Otros Poemas. Como podemos comprobar, el tono es muy diferente al del poema anterior, ya que el poeta se adentra en el simbolismo y pone en marcha su concepto de poesía como posibilidad de indagación en lo más profundo del pensamiento y corazón. La alegría de la canción andaluza cede el paso a la melancolía. Es importante en este caso tener en cuenta la asociación que Machado establece entre la guitarra, con aires gitanos, y el caminante o, bajo mi punto de vista, peregrino.

Guitarra del mesón que hoy suenas jota,
mañana petenera,
según quien llega y tañe
las empolvadas cuerdas.

Guitarra del mesón de los caminos,
no fuiste nunca, ni serás, poeta.
Tú eres el alma que dice su armonía
solitaria a las almas pasajeras...

Y siempre que te escucha el caminante
sueña escuchar un airte de su tierra.

Antonio Machado, Soledades, Galerías y Otros Poemas (1907) en Poesías Completas, Madrid, Espasa, 1974.

Siguiendo con Antonio Machado, vamos a encontrarnos ahora con un poema diferente. Semejante al anterior en el tono melancólico, el poeta se adentra en la canción popular y la sociedad andaluza para concluir en una última estrofa de carácter reflexivo. Aparece retratada en la composición el acerado carácter religioso de los gitanos, y la alegría estereotipada de los mismos es sustituida por tristeza, oscuridad y, al fondo, siempre un punto de esperanza.

LA SAETA

¿Quién me predta una escalera,
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
Saeta Popular

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
No puedo cantar ni quiero

a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Antonio Machado, Campos de Castilla (1912) en Poesías Completas, Madrid, Espasa, 1974.






Una vez superada la etapa Modernista , Federico García Lorca escribe Poema del Cante Jondo (1921- 1922), aunando tradición y vanguardia, rasgo que caracterizaría al conocido Grupo del 27. Vemos a continuación un poema cuyo tema es Andalucía y en el que el ritmo y estribillo propio de la canción popular se une a la imagen vanguardista.

Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales.
Dauro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.

¡Ay, amor
que se fue por el aire!

¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fatuo de gritos!

¡Ay, amor
que se fue y no vino!

Lleva azahar, lleva olivas,
Andalucía, a tus mares.

¡Ay, amor
que se fue por el aire!

Federico García Lorca, Poema del Cante Jondo (1931) en Poetas del 27. La Generación y su Entorno. Antología Poética, Madrid, Espasa, 2007.


Bajo las terribles condiciones de la inminente guerra civil española, Lorca escribe Romancero Gitano (1924- 1926). Con la figura de los gitanos, simboliza el poeta la libertad e inocencia, los instintos naturales de las personas, la felicidad y alegría, frente al símbolo de la guardia civil, represora de las mismas.

ROMANCE DE LA GUARDIA CIVIL ESPAÑOLA

(...)

¡Oh, ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Ciudad de dolor y almizcle
con las torres de canela.

Cuando llegaba la noche
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido,
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento, vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche
noche, que noche nochera.

(...)

En el portal de Belén,
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborios,
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.

¡Oh, ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.

¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
Juego de luna y arena.

Federico García Lorca, Romancero Gitano (1928) en Poetas del 27. La Generación y su Entorno. Antología Poética, Madrid, Espasa, 2007.




Finalmente, me gustaría terminar la entrada con otro gran poeta, Rafael Alberti. En el poemario El Alba del Alhelí su autor refleja la vida de una Andalucía oscura, con un marcado interés en las clases marginadas, quedando de esta manera patente la influencia de Lorca en sus versos.

El poema que expongo a continuación se titula La húngara. Ya con el título la identificación con los gitanos se hace evidente, pero además nos presenterá su autor a la mujer como símbolo de la libertad, cuya moral es más elevada que la del burgués.

LA HÚNGARA

Quisiera vivir, morir,
por las vereditas, siempre.
¡Dejadme morir, vivir,
deja que mi sueño ruede
contigo, al sol, a la luna,
dentro de tu carro verde!

- Vas vestida de percal...
- Sí, pero en las grandes fiestas
visto una falda de raso
y unos zapatos de seda.

- Vas sucia, vas despeinada...
- Sí, pero en las grandes fiestas
me lava el agua del río
y el aire puro me peina.

(...)

- Por una noche, a mi casa.
¡Vente a dormir a mi cuarto!

- Mire, señor,
tengo un carro.

- Por una noche, en tu casa.
¡Quiero dormir en tu carro!

- Mire, señor,
tiene su casa.

Rafael Alberti, El Alba del Alhelí, 1927.