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sábado, 2 de enero de 2010

Aunque Seamos Malditas

Hace un mes cayó en mis manos por pura curiosidad la última novela de Eugenia Rico, Aunque Seamos Malditas, Círculo de Lectores, Barcelona, 2008. No es una gran obra, ni siquiera me gustó el final- que considero una mala copia de la escena orgiástica de El Perfume-, no obstante hubo algún párrafo que sí me llamó la atención. Para abrir este nuevo año transcribo unas líneas que me parecieron interesantes y os propongo que las relacionéis con un poema de Sylvia Plath que ya apareció en una entrada anterior. Creo que el enfoque está bien establecido entre ambos textos y con ellos reivindico la absoluta libertad e individualidad, no solo de la mujer, sino de cualquier ser que habite sobre la tierra -o más allá de ella-. Con la literatura seguimos haciendo camino y nadie conseguirá que nos callemos. Aunque seamos maldit@s...


"(...) Aunque no lo creamos, toda Europa es una misma cosa. Al menos lo son los pueblos. Los domingos se hace bricolaje y se envidia al vecino. Los días de semana se trabaja y se ahorra para comprarse un coche más grande que el del vecino. Solo los sábados la gente sale a la calle o al campo con la esperanza de hacer algo distinto, de ser diferentes por un día, por unas horas. Puede ser la cerveza, el fútbol o las setas. Los hombres salen al campo para ser distintos.
Y algunas mujeres vuelven al campo para ocult
arse, para ser como las otras o para que no se note si son distintas. Porque algunas mujeres siempre han querido ser como las demás y nunca lo han conseguido (...)" .

Eugenia Rico, Aunque Seamos Malditas, Círculo de lectores, Barcelona, 2008.




LESBOS

¡Qué lacra, la cocina!
Las patatas silban como ofi
dios.
Es Hollywood, sin ventanas,
la luz fluorescente pestañeando cual inaguantable jaqueca,
las puertas esquivas tiras de papel:
cortinas de teatro, crespo rizo
de alféizar.
Y yo, amor mío, embustera pa
tológica,
y mi hija: mira su rostro, allá, en el
suelo,
como muñeco aún sin romper, esf
orzándose por
desaparecer:
como que es una esquizofrénica,
su faz, roja y blanca, da miedo,
dejaste sus gatitos ante tu ve
ntana
en una especie de hoyo de cemento
donde se ensucian y vomitan y ella no los siente.
Dices que no la aguantas,

la condenada.
Tú, que reventaste tus tubos como una mala radio
limpiándolos de voces y de histeria, rui
do estático
de lo nuevo. Dices

que debieras de haber ahogado a los gatitos. ¡Qué mal
huelen!
Dices que debieras de haber ahog
ado
a mi niña. Se cortará la yugular a los diez años
ya que a los dos está loca. El bebé
sonríe, rechoncho caracol,
desde los rombos lucientes de hul
e color naranja.
Te lo comerías. Es niño. Di
ces
que tu marido no te va. Su madre
judía guarda su dulce sexo como una
perla.
Tienes un bebé, yo tengo dos.

Me sentaría en una roca de Cornualles peinándome el cabello.
Me pondría pantalones de piel de tigre, debiera tener un
bello

amante. Debíamos encontrarnos en otra vida,
tú y yo. Entretanto
hay un hedor a grasa y caca de niño.
Estoy aturdida, abotagada por mi úl
timo soporífero.
El vapor de la cocina, el humoniebla de
l infierno
nos sobrevuela, dos venenos incompat
ibles,
nuestros huesos, nuestro pelo.

Te llamo huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te da úlceras, el viento tuberculosis.
Solías ser bella.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres
decían: “¿Ya?
La verdad, chica, estás de espanto”.
Teatro, teatro, teatro, la emoción, nada más.

El marido impotente se escapa, a tomar café.
Yo trato de tenerle en casa, pararrayos
viejo, los baños ácidos,

la exuberancia que le alejaba de ti.
Él va tragándolo todo, pedregosa cuesta abajo,
como furgoneta cansina. Las chispas son azul turquí.
Las viejas chispas azules están allí,
derramándose fragmentándose
en luces mil.

¡Oh joya! ¡Oh valiosa!
Esta noche la luna
arrastraba su saco de sangre, a
nimal
enfermo

faro arriba. Y luego
normalizóse, dura

y separada y blanca. El lucir
escalado en la arena que asustábame de muerte.
Íbamos recogiendo puñados de ar
ena, gozándolo,
trabajando como negros, cuerpo mulato,
el raspar sedeño.
Un perro recogía a tu perruno marido. Él seguía adelante.

Ahora, silente, cubierta
de odio hasta el cuello,
espeso, espeso.
No hablo.

Empaqueto las duras patatas como ropa cara,
empaqueto a los niños,
empaqueto los gatos enfermos.
Oh envase de ácido, es amor

lo que empapa. Sabes a quien odiar.
Él abraza sus hierros junto a la puerta:
ábrese y el mar la penetra, negro
y blanco,
para ser vomitado luego de un t
ra
nco.
Cada día que pasa le llenas de sentime
ntalina,
como una jarra. Estás agotadísima.
Tu voz agita y sorbe mi pen
diente,
murciélago hematófilo. Eso justamente,
eso justamente. Por la puerta escrutas,
bruja. “Todas las mujeres son putas,
no hay comunicación, no hay puente”.
Veo tu decoración bonita
cerrársete encima como puño de bebé
o anémona, novia
del mar, cleptómana. Sig
o
sin experiencia,
quizá vuelva, digo.
Del embuste conoces bien la cien
cia.

Ni siquiera en tu Zen volveré a verte.


Sylvia Plath, "Lesbos" en Árboles de Invierno (1971). Traducción de Jesús Pardo para Antología, Madrid, Visor de Poesía (2003)(Para leer un extenso comentario sobre este poema pinchad aquí).




Maruja Mallo


Espero que este 2010 os reste un poco de comodidad, os aporte mucha inspiración, os empuje a akelarres de poesía y os abrace con sinceridad. Un etéreo lametazo y una bacanal de sonrisas a quienes me leéis.



LAS BRUJAS

Bató un gesto, una palabra vuestra para que todo se hiciese aire, o menos que aire... Brujas que hablabais el lenguaje viento, a medianoche, el lenguaje del viento golpeando las ventanas, el lenguaje del viento crujiendo en los
desvanes, el lenguaje olvidado del viento. El lenguaje de la noche, qué hizo de vosotras el sol, su torpe claridad, su exactitud brutal, qué fue de vosotras cuando el sol secó para siempre nuestras almas... Qué fácil entonces el miedo, brujas, brujas, brujas aventadas por el soplo de un demonio más terrible que el mismo demonio...
Qué extraño maleficio no deja llegar la noche, oh deshacer, deshacer con un gesto el mundo...

Leopoldo María Panero, Las Brujas en Tarzán Traicionado, para Poesía Completa (1970-2000), Visor, Madrid, 2006.

Maruja Mallo

viernes, 20 de noviembre de 2009

Confesiones de una alumna aplicada II

Siguiendo el hilo de la entrada anterior, centrada en la labor del poeta y su reconocimiento como tal, voy a exponer en ésta una pequeña disertación sobre el estudio freudiano del poeta, haciendo referencia textual a la obra de David Viñas, Historia de la Crítica Literaria, publicada por Ariel. Aunque no soy demasiado partidaria del psicoanálisis, sí me parece interesante tener en cuenta ciertas reflexiones que Freud llevó a cabo en el plano del arte, siempre con la precaución de no tomarlas como rígidos postulados, sino como lo que en realidad son, teorizaciones o, si se quiere, constructos filosóficos. Quede claro, pues, que continuamos en el plano filosófico y en ninguna manera en el psicológico, ya que psicoanálisis y psicología no son equiparables debido al ámbito experimental que hace que esta última sea considerada una ciencia.
Freud relaciona la creatividad artística con la realización de deseos inconscientes y con la compensación de frustraciones internas, y estudia los mecanismos de la creatividad poniéndolos en relación con los mecanismos que actúan en los sueños y en los síntomas psiconeuróticos. En este punto es importante el concepto de sublimación, que es uno de los mecanismos de defensa de que dispone el Yo. La sublimación permite estudiar ciertas actividades humanas aparentemente desligadas de la sexualidad, pero cuyo origen se encuentra justo en la pulsiónsexual. Lo que la sublimación haces es transformar la pulsión sexual en una fuerza no sexual que se orienta hacia actividades humanas elevadas, socialmente muy estimables, como son la actividad artística y la investigación intelectual. Dado que, para Freud, nuestra cultura descansa totalmente en la coerción de los instintos, los sexuales son desviados a veces hacia actividades de otra naturaleza, aunque conservando toda su intensidad. En este desvío consiste precisamente la sublimación, mecanismo de defensa al que, según Freud, se deben algunos de los más importantes aportes culturales. Lo que en definitiva viene a decir Freud es que una manera de hacer frente a los deseos que no podemos realizar porque el principio de placer entra en conflicto con el principio de realidad consiste en sublimarlos, es decir, orientarlos hacia un fin de mayor valor social.

UNAS PALABRAS PARA PETER PAN

"No puedo ir ya contigo, Peter. He olvidado volar
y....
Wendy se levantó y encendió la luz: él lanzó un grito de dolor..."
James Matthew Barrie: Peter Pan


Pero conoceremos otras primaveras, cruzarán el cielo otros nombres -Jane, Margaret-. El desvío en la ruta, la visita a la Isla-Que-No-Existe, está previsto en el itinerario. Cruzarán el cielo otros nombres hasta ser llamados, uno tras otro, por la voz de la señora Darling (el barco pirata naufraga, Campanilla cae al suelo sin un grito, los Niños Extraviados vuelven el rostro a sus esposas o toman sus carteras de piel bajo el brazo, Billy el Tatuado saluda cortesmente, el señor Darling invita a todos ellos a tomar el té a las cinco). Las pieles de animales, el polvo mágico que necesitaba de la complicidad de un pensamiento, es puesto tras de la pizarra, en una habitación para ellos destinada en el n° 14 de una calle de Londres, en una habitación cuya luz ahora nadie enciende. Usted lleva razón, señor Darling, Peter Pan no existe, pero sí Wendy, Jane, Margaret y los Niños Extraviados. No hay nada detrás del espejo, tranquilícese, señor Darling, todo estaba previsto, todos ellos acudirán puntualmente a las cinco, nadie faltará a la mesa. Campanilla necesita a Wendy, las Sirenas a Jane, los Piratas a Margaret. Peter Pan no existe. "Peter Pan, ¿no lo sabías? Mi nombre es Wendy Darling". El río dejó hace tiempo la verde llanura, pero sigue su curso. Conocer el Sur, las Islas, nos ayudará, nos servirá de algo al fin y al cabo, durante el resto de la semana. Wendy, Wendy Darling. Deje ya de retorcerse el bigote, señor Darling, Peter Pan no es más que un nombre, un nombre más para pronunciar a solas, con voz queda, en la habitación a oscuras. Deje ya de retorcerse el bigote, todo quedará en unas lágrimas, en un sollozo apagado por la noche: todo está en orden, tranquilícese, señor Darling.
Leopoldo María Panero, Así se fundó Carnaby Street, 1970, en Poesía Completa, Visor de Poesía, Madrid, 2006.






Dentro de la teoría literaria psicoanalítica, el concepto de
fantasía - entendido como la realizacón imaginaria y deformada de un deseo del sujeto- desempeña un importante papel. Precisamente uno de los ensayos más conocidos de Freud se titula El Poeta y la Fantasía (1908). En este trabajo, se refiere Freud a la viva curiosidad que han sentido y sienten los profanos de la literatura por saber de dónde extrae el poeta el m
aterial para sus obras y cómo consigue conmover al lector. La curiosidad aumenta, dice Freud, si se tiene en cuenta que a menudo el poeta no puede o no sabe responder satisfactoriamente a esta cuestión. Para resolver este enigma, Freud busca alguna otra actividad del ser humano que sea de algún modo afín a la de la composición poética y la encuentra en el juego del niño y en la fantasía del adulto: "¿No habremos de buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad poética?", se pregunta (1972: 10). En ambos casos - en el juego infantil y en la fantasía o sueño diurno- se está ante un mundo separado del real y controlado por el sujeto. En el caso del niño es muy evidente, y sobre el adulto dice Freud: "Así también, cuando el hombre que deja de ser niño cesa de jugar, no hace más que prescindir de todo apoyo en objetos reales y, en lugar de jugar, fantasea." (1972: 11). Y esto es justo lo que hace también un poeta: inventa un mundo distinto al real, fantasea. Se entra así en el dominio de la ficcionalidad, que el psicoanálisis contempla bajo el concepto de ilusión. Equiparados al juego infantil y la creación literaria por ser dos maneras de eludir la realidad, Freud aclara que en el segundo caso se está ante una forma seria de eludir lo real, pues la "antítesis del juego no es la gravedad, sino la realidad" (Freud, 1972: 10).



EMPLEO DE LA NOSTALGIA
Amo el campus
universitario,
sin cabras,
con muchachas
que pax
pacem
en latín,
que meriendan

pas pasa pan
con chocolate

en griego,
que saben lenguas vivas
y se dejan besar
en el crepúsculo
(también en las rodillas)
y usan
la cocacola como anticonc
eptivo.

Ah las flores marchitas de los libro
s de texto
finalizando el curso
deshojadas
cuando la primavera
se instala
en el culto jardín del rectorado
por manos todavía adolescentes
y roza con sus rosas
manchadas de bolígrafo y de
tiza
el rostro ciego del poeta
transustanciándose en un olor agrio
a naranjas

Homero

o semen

Todo eso será un día
materia de recuerdo y de nostalgia.
Volverá, terca, la memo
ria
una vez y otra vez a estos parajes,
lo mismo que una abeja
da vueltas al perfume

de una flor ya arrancada:
inútilmente.

Pero esa luz no se extinguirá nunca:
llamas que aún no consume
n
...ningún presentimiento
puede quebrar ]as risas
que iluminan

las rosas y ]os cuerpos
y cuando el llanto llegue
como un halo
los escombros
la descomposición
que los preserva entre las sombras
puros

no prevalecerán
serán más ruina
absortos en sí mismos

y sólo erguidos quedarán intactos
todavía más brillantes
ignorantes de sí
esos gestos de amor...
sin ver más nada.
Ángel González, Poemas, Cátedra, Madrid, 1998.





El poeta es un adulto que fantasea, pero no como la mayoría de los adultos, sino de un modo distinto. La fantasía del adulto suele ser secreta porque oculta a menudo deseos inconfesables (y además todo adulto se siente algo culpable, y hasta se avergüenza, al fantasear porque sabe que no es lo que se corresponde con su edad), mientras que el poeta es un ser que comunica a los demás sus fantasías, que las hace públicas. Y lo que es más sorprendente aún: consigue así la aprobación social.

EL ALBATROS

Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.


Charles Baudelaire, Las Flores del Mal, Mondadori, Madrid, 1998.