domingo, 9 de agosto de 2009

No Tengo Miedo




CON LOS ZAPATOS PUESTOS TENGO QUE MORIR
(Elegía Cívica)

I de enero de 1930

Será en ese momento cuando los caballos sin ojos se des-
garren las tibias contra los hierros en punta de una
valla de sillas indignadas junto a los adoquines de
cualquier calle recién absorta en la locura.
Vuelvo a cagarme por última vez en todos vuestros muer-
tos en este mismo instante en que las armaduras se
desploman en la cas
a del rey,
en que los hombres más ilustres se miran a las in
gles sin
encontrar en ellas la solución a las desesperadas ór-
denes de la sangre.
Antonio se rebela contra la agonía de su padastro mori-
bundo.
Tú eres el responsable de que el yodo haga llegar al cielo
el grito de las bocas sin dientes,
de las bocas abiertas por el odio instantáneo de un revólver
o un sable.
Yo sólo contaba con dos encías para bendecirte,
pero ahora en mi cuerpo han esta
llado 27 para vomitar en
tu garganta y hacerte más difíciles los estert
ores.
¿No hay quien se atreva a arrancarme de un manotazo las ven-
das de estas heridas y saltarme los ojos con los dedos?
Nadie sería tan buen amigo mío,
nadie sabría que así se escupe a Dios en las nubes
ni que mujeres recién paridas claman en su favor sobre el
vaho descompuesto de las aguas
mientras que alguien disfrazado de luz rocía de dinamita
las mieses y los rebaños.

En ti reconocemos a Arturo.
Ira desde la aguja de los pararrayos hasta las uñas más ren-
corosas de las patas traseras de cualquier piojo ago-
nizante entre las púas de un peine hallado al atarde-
cer en un basurero.
Ira secreta en el pico del grajo que desentierra las pupilas
sin mundo de los cadáveres.
Aquella mano se rebela contra la frente tiernísima de la
que le hizo comprender el agrado que siente un
niño al ser circuncidado por su cocinera con un vi-
drio roto.
Acércate y sabrás la alegría recónd
ita que siente el palo
que se parte contra el hueso que sirve de tapa a tus
ideas difuntas.
Ira hasta en los hilos más miserables de un pañuelo des-
cuartizado por las ratas.
Hoy sí que nos importa saber a cuántos estamos hoy.

Creemos que te llamas Aurelio y que tus ojos de asco los
hemos visto derramarse sobre una muchedumbre
de ranas en cualquier plaza pública.
¿No eres tú acaso ese que esperan las ciudades
empapela-
das de saliva y de o
dio?
Cien mil balcones candentes se arrojan de improviso sobre
los pueblos desordenados.
Ayer no sabía aún el rencor que las tejas y las cornisas
guardan hacia las flores,
hacia las cabezas peladas de los curas sifilíticos,
hacia los obreros que desconocen ese lugar donde las pis-
tolas se hastían aguardando la presión repentina de
unos dedos.
Oíd el alba de las manos arriba,
el alba de las náuseas y los lechos desbarat
ados,
de la consunción de la parálisis prog
resiva del mundo y la
arteriosclerosis del cielo.
No creáis que el cólera morbo,
la viruela negra,
el vómito amarillo,
la blenorragia,
las hemorroides,
los orzuelos y la gota serena me preocupan en este amanecer
del sol como un inmenso testículo de sangre.

En mí reconoceréis tranquilamente a ese hombr
e que dis-
para sin importarle la postura qu
e su adversario he-
rido escoge para la muerte.
Unos cuerpos se derrumban hacia la derecha y otros hacia
la izquierda,
pero el mío sabe que el centro es el punto que marca la mi-
tad de la luz y la sombra.
Veré agujerearse mi chaqueta con alegría.
¿Soy yo ese mismo que hace unos momentos se cagaba en
la madre del que parió las tinieblas?
Nadie quiere enterrar este arcángel sin pat
ria.
Nosotros lloramos en ti esa estrella que a las dos en punto
de la tarde tiene que desprenderse sin un grito para
que una muchedumbre de tacones haga brotar su
sangre en las alamedas futuras.

Hay muertos conocidos que se orinan en los muertos des-
conocidos,
almas desconocidas que violan a las almas conocidas.
A aquel le entreabren los ojos a la fuerza para que el ácido
úrico le queme las pupilas y vea levantarse
su pa-
sado como una tromba extática de moscas palúdicas.
Y a todo esto el día se ha parado
insensiblemente.

Y la ola primera pasa el espíritu del que me traicionó va-
liéndose de una gota de lacre
y la ola segunda pasa la mano del que me asesinó poniendo
como disculpa la cuerda de una guitarra
y la ola tercera pasa los dientes del me llamó hijo de
zorra para que al volver la cabeza una bala perdida
le permitiera al aire entrar y salir por mis oídos
y la ola cuarta pasa los muslos que me oprimier
on en el
instante de los chanc
ros y las orquitis
y la ola quinta pasa las callosidades más enconadas de los
pies que me pisotearon con el único fin de que mi
lengua perforara hasta las raíces de esas plantas que
se originan en el hígado descompuesto de un caba-
llo a medio enterrar
y la ola sexta pasa el cuero cabelludo de aquel que me hizo
vomitar el alma por las axilas
y la ola séptima no pasa nada
y la ola octava no pasa nada
y la ola novena no pasa nada

ni la décima
ni la undécima
di la duodécima...

Pero estos zapatos abandonados en el frío de las charcas son
el signo evidente de que el aire aún recibe el cuerpo
de los hombres que de pie y sin aviso se doblaron del
lado de la muerte.

Rafael Alberti, Con los Zapatos Puestos Tengo que Morir, 1930, publicado por primera vez en Poesía (1924-1930),
1934.



2 comentarios:

Vellértigo dijo...

Saludos...

Primero leo una reseña increible por lúcida y limpia... y más tarde regreso a tu blog y me encuentro con una confrontación al miedo que te demuestra como una persona que sabe ver lo que contempla... Y al final dictamino: qué maravilla que un libro nuestro (casabierta-ed) llegó a tus manos. Un gustazo saberte.

Salud!

Georgina Hübner dijo...

Hola!

Muchísimas gracias. Es un verdadero placer el leer tus palabras.