martes, 6 de abril de 2010

Escrito en la Piedra II

Octavio Paz titula con el simbólico nombre de Piedra de Sol una composición poética publicada en 1957. No debe pasar por alto el hecho de que el título pueda ser interpretado con un doble sentido, pues no solo alude al famoso monolito con inscripciones sobre la cosmogonía mexicana y los cultos solares, base del calendario azteca, sino que también hace referencia a la piedra como tal y a su relación con uno de los elementos naturales que la acompañan en su estática existencia, el sol. Por tanto, vemos una vez más como el poeta se sirve de lo material para concentrar toda una visión a la práctica inefable y no solo eso, sino que además, en este caso, el autor mexicano se apoya en una piedra con connotaciones mágicas y etéreas, casadas en la propia Piedra del Sol.
Encontramos en el extenso poema que es Piedra de Sol el intento -muy bien logrado, bajo mi punto de vista- de atrapar en una sola las diferentes dimensiones que envuelven al ser humano, refiriéndome con dimensiones a aquello de esencial que hay en la vida. Por ello mismo, el eje central del mismo es el amor, que todo lo puede, y la desgarrada pasión de los amantes, que en sus actos de carnalidad cotidiana, consiguen crearse un mundo a medida.
En Piedra de Sol la esperanza late con el nuevo día, la eternidad se concentra en la historia, en el solo ser que no es más que todos los demás seres. De la individualidad nace el existir colectivo, pues la realidad de todos no es más que la propia y única realidad.


(...) Eloísa, Perséfone, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chofer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo t Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco:
vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba,
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado (...)
quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
se despeñó el instante en otro y otro,
dormí sueños de piedra que no sueña
y al cabo de los años como piedras
oí cantar mi sangre encarcelada,
con un rumor de luez el mar cantaba,
una a una cedían las murallas,
todas las puertas se desmoronaban
y el sol entraba a saco por mi frente,
despegaba mis párpados cerrados,
desprendía mi ser de su envoltura,
me arrancaba de mí, me separaba
de mi bruto dormir de siglos de piedra (...)

Octavio Paz,
Piedra de Sol (1957) en La Estación Violenta (1948-1957), Piedra y Sol. Poemas Escogidos, Visor, Madrid, 2007.


Piedra de Sol


Una imagen muy diferente a la comentada hasta el momento es la que la medicina de siglos anteriores (XV-XVIII) utilizaba de la piedra para hacer referencia a uno de los grandes males, por aquel entonces mitificado y extraño desconocido, la locura. De esta manera, los curanderos se suponía que extraían una piedra negra, la piedra de la locura, del cráneo de aquellos infelices que eran diagnosticados como poseedores de ese mal.
Este fue tema frecuente en la pintura flamenca (s. XV y XVI), pero también fue un tópico utilizado por el famoso humanista Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la Locura (1509) - o Elogio de la Estulticia-, concibiendo la locura como estupidez, tontería, sandez o majadería, en combinación con la mezquindad, la bobería e incluso la malicia :

Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro cuán mal hablan de la estulticia incluso los más estultos, soy, empero, aquella, y precisamente la única que tiene poder para divertir a los dioses y a los hombres.

Erasmo de Rotterdam, Elogio de la Locura, 1509.

Erasmo de Rotterdam


Alejandra Pizarnik, siguiendo la línea de su particular estilo poético, retoma el tópico y utiliza el título de Extracción de la Piedra de la Locura (1968) para un complicado y oscuro poemario. En él, la poeta se sume en la desesperación y la noche, confundiendo la realidad que la envuelve con la propia conciencia en apariencia desequilibrada, hasta llegar al abismo inescrutable que es su propia poesía.

Cantora Nocturna

Joe, macht die Musik von damals nacht...

La que murió de su vestido azul está cantando. Canta imbuida de muerte al sol de su ebriedad. Adentro de su canción hay un vestido azul, hay un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado con los ecos de los latidos de su corazón muerto. Expuesta a todas las perdiciones, ella canta junto a una niña extraviada que es ella: su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la niebla verde en los labios y del frío gris en los ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre la sed y la mano que busca el vaso. Ella canta.

Alejandra Pizarnik, Extracción de la Piedra de la Locura (1968) en Poesía Completa, Lumen, Barcelona, 2007.

Extracción de la Piedra de la Locura, El Bosco, 1475-1480

domingo, 7 de marzo de 2010

Escrito en la Piedra I

Mi fascinación por la piedra comenzó cuando leí por primera vez el poema de Pedro Salinas, La Memoria en las Manos (Largo Lamento, 1936/9). La piedra es concebida por el poeta como quasi inmortal materia en la que quedan grabadas las huellas del paso del tiempo. Sostenerla entre las manos, acariciarla, es una forma de agradecer el paso de las estaciones, de adorar ese mundo que desconocemos y cuya suma de los días viene a ser lo que entendemos por historia. Pero además la piedra evoca, en este poema, el recuerdo de un amor. Si para Proust es el olor de las magdalenas, para Salinas es el tacto de la materia más dura y silenciosa la que despliega todo un cúmulo de emociones y secretos adormecidos en la misteriosa zona de un posible olvido. La anécdota se pone a disposición del poeta para llevar a cabo una importante disertación sobre lo eterno y lo mortal, sobre la belleza de lo delicado y la trascendentalidad de lo material, tantas veces menospreciada. Bajo mi punto de vista, se trata de una composición hermosa y sublime de cómo lo mínimo y deshechado - ¿quién no ha dado una patada a alguna piedra al caminar aburrid@ por la calle?- puede unirnos a lo etéreo e imposible. Regalo de las piedras es la inmaterialidad que toda su materia conlleva. Deberíamos estarles agradecid@s.


LA MEMORIA EN LAS MANOS
Hoy son las manos la memoria.
El alma no se acuerda, está dolida
de tanto recordar. Pero en las manos
queda el recuerdo de lo que han tenido.

Recuerdo de una piedra
que hubo junto a un arroyo
y que cogimos distraídamente
sin darnos cuenta de nuestra ventura.
Pero su peso áspero,
sentir nos hace que por fin cogimos
el fruto más hermoso de los tiempos.
A tiempo sabe
el peso de una piedra entre las manos.
En una piedra está
la paciencia del mundo, madurada despacio.
Incalculable suma
de días y de noches, sol y agua
la que costó esta forma torpe y dura
que acariciar no sabe y acompaña
tan sólo con su peso, oscuramente.
Se estuvo siempre quieta,
sin buscar, encerrada,
en una voluntad densa y constante
de no volar como la mariposa,
de no ser bella, como el lirio,
para salvar de envidias su pureza.
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles
libélulas se han muerto, allí, a su lado
por correr tanto hacia la primavera!
Ella supo esperar sin pedir nada
más que la eternidad de su ser puro.
Por renunciar al pétalo, y al vuelo,
está viva y me enseña
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,
soltar las falsas alas de la prisa,
y derrotar así su propia muerte.

También recuerdan ellas, mis manos,
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.
Nada más misterioso en este mundo.
Los dedos reconocen los cabellos
lentamente, uno a uno, como hojas
de calendario: son recuerdos
de otros tantos, también innumerables
días felices
dóciles al amor que los revive.
Pero al palpar la forma inexorable
que detrás de la carne nos resiste
las palmas ya se quedan ciegas.
No son caricias, no, lo que repiten
pasando y repasando sobre el hueso:
son preguntas sin fin, son infinitas
angustias hechas tactos ardorosos.
Y nada les contesta: una sospecha
de que todo se escapa y se nos huye
cuando entre nuestras manos lo oprimimos
nos sube del calor de aquella frente.
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?
El peso en nuestras manos lo insinúa,
los dedos se lo creen,
y quieren convencerse: palpan, palpan.
Pero una voz oscura tras la frente,
-¿nuestra frente o la suya?-
nos dice que el misterio más lejano,
porque está allí tan cerca, no se toca
con la carne mortal con que buscamos
allí, en la punta de los dedos,
la presencia invisible.
Teniendo una cabeza así cogida
nada se sabe, nada,
sino que está el futuro decidiendo
o nuestra vida o nuestra muerte
tras esas pobres manos engañadas
por la hermosura de lo que sostienen.
Entre unas manos ciegas
que no pueden saber. Cuya fe única
está en ser buenas, en hacer caricias
sin casarse, por ver si así se ganan
cuando ya la cabeza amada vuelva
a vivir otra vez sobre sus hombros,
y parezca que nada les queda entre las palmas,
el triunfo de no estar nunca vacías.

Pedro Salinas, Largo Lamento (1936/9) en La Voz a ti Debida. Razón de Amor. Largo Lamento, Cátedra, Madrid, 2005.



Salinas presenta una concepción de la piedra no tan diferente a la de uno de los grandes maestros de la Generación del 27, Juan Ramón Jiménez. El poeta ganador del Premio Nobel (1956) publica en 1919 Cielo y Piedra. Como muy bien indica el título, se contraponen dos elementos, la piedra y la tierra con el cielo y lo etéreo. Pero es que Juan Ramón Jiménez trata de edificar una conciencia que, tras atesorar todos los secretos de la naturaleza, se proyecte sobre la realidad dotándola de sentido. Se tiene la certidumbre de que lo eterno está aquí - el cielo está en la piedra misma- y debe ser descubierto por el poeta. De hecho, el libro termina con una afirmación de la palabra poética como salvación del yo y del mundo en un eterno presente contra el que nada puedan ni el tiempo ni la muerte.

II. Piedra y Cielo: 2

12

¡Tesoros del azul,
que un día y otro, en vuelo repetido,
traigo a mi tierra! ¡Polvo de la tierra,
que, un día y otro, llevo al cielo!

¡Oh, qué ricas las manos de la vida,
todas llenas de flores de lo alto!
¡Qué pura, cada estrella,
-¡ Oh, yo, qué rico, regalando a todos
todo lo que recojo y cambio con mis sueños!-

¡Qué alegría este vuelo cotidiano,
este servicio libre,
de la tierra a los cielos,
Cursiva
de los cielos, ¡oh, pájaro!, a la tierra!

Juan Ramón Jiménez, Piedra y Cielo (1919) en Antología Poética, Cátedra, Madrid, 2008.



Me gustaría terminar esta entrada con un poema-prólogo de José Hierro al libro Con las Piedras, con el Viento (1950) con la intención de que participarais de mi fascinación por este elemento, muchas veces infravalorado por su cotidianeidad. Siguiendo en la misma línea de las anteriores composiciones, el poeta utiliza la materialidad de la piedra para contraponerla a otro elemento etéreo semejante al de Juan Ramón Jiménez, el viento. Os invito, después de leer esta entrada, a que toméis una piedra entre las manos, la acariciéis, conscientes de la huella que en ella viene impresa, y os dejéis llevar por el ritmo de la vida. Quizás así consigáis rozar, por unos instantes, la eternidad y perfecta comunión con el mundo. Yo lo hice.

1

Con las piedras, con el viento
hablo de mi reino.

Mi reino vivirá mientras
estén verdes mis recuerdos.
Cómo se pueden venir
nuestras murallas al suelo.
Cómo se puede no hablar
de todo aquello.
El viento no escucha. No
escuchan las piedras, pero
hay que hablar, comunicar,
con las piedras, con el viento.

Hay que no sentirse solo.
Compañía presta el eco.
El atormentado grita
su amargura en el desierto.
Hay que desendemoniarse,
liberarse de su peso.
Quien no responde, parece
que nos entiende,
como las piedras o el viento.

Se exprime así el alma. Así
se libra de su veneno.
Descansa, comunicando
con las piedras, con el viento.

José Hierro, Con las Piedras, con el Viento (1950) en Antología, Visor, Madrid, 2002.


viernes, 5 de febrero de 2010

Alas

Reenganchando con la anterior entrada, voy a aprovechar estas líneas para dedicárselas a varios poetas que, tomando como fuente de inspiración pequeños invertebrados, construyen un poema que roza lo universal.
Es el caso, en primer lugar, de Quevedo. Remontándonos al s. XVII encontramos bajo la etiqueta de Poesía Festiva abundantes sonetos dedicados a las más pequeñas cosas, así por ejemeplo, a una nariz, a unas enaguas, a una calva, y, en relación a esta entrada, dos sonetos dedicados al mosquito. Hipérbaton y artificio, juguemos a descifrar las siguientes líneas:

BEBE VINO PRECIOSO CON MOSQUITOS DENTRO
Tudescos Moscos de los sorbos finos,
caspa de las azumbres más sabrosas,
que porque el fuego tiene mariposas,
queréis que el mosto tenga marivinos;
aves luquetes, átomos mezquinos,
motas borrachas, pájaras vinosas,
pelusas de los vinos envidiosas,
abejas de la miel de los tocinos,
liendres de la vendimia, yo os admito
en mi gaznate pues tenéis por soga
al nieto de la vid, licor bendito.
Tomá en el trazo hacia mi nuez la boga,
que bebiéndoos a todos, me desquito
del vino que bebistes y os ahoga.







AL MOSQUITO DE LA TROMPETILLA
Ministril de las ronchas y picadas,
mosquito postillón, mosca barbero,
hecho me tienes el testuz harnero
y deshecha la cara a manotadas.
Trompetilla que toca a bofetadas,
que vienes con rejón contra mi cuero,
Cupido pulga, Chinche trompetero
que vuelas comezones amoladas,
¿por qué me avisas si picarme quieres?
que pues que das dolor a los que cantas,
de Casta y condición de potras eres.
Tú vuelas y tú picas y tú espantas
y aprendes del cuidado y las mujeres
a malquistar el sueño con las mantas.

Francisco de Quevedo, Antología Poética, Boreal, Madrid, 1999.




Hay que mencionar también, casi por obligatoriedad, el precioso y reconocido poema de Antonio Machado dedicado a las moscas. Encontramos en dicha composición la melancolía tan propia del poeta, casi en forma de oda diría yo, pues a través de las moscas, que evocan todas las cosas, se rememora toda una vida.
Se enmarca el poema en una sección de Soledades. Galerías. Otros poemas titulada Humorismos, Fantasías, Apuntes, subtitulada por el poeta como Los Grandes Inventos. Seguro que no os ha pasado inadvertida la similitud que esta etiqueta guarda con la de Quevedo - Poesía Festiva-. No obstante, si bien en Quevedo encontrábamos sátira y caricatura, en Antonio Machado nos vamos a embarcar en una travesía simbolista rumbo a la nostalgia.

XLVIII
Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.
¡Oh viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!
¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!
Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela,
—que todo es volar—, sonoras
rebotando en los cristales
en los días otoñales...
Moscas de todas las horas,
de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia,
que da en no creer en nada,
de siempre... Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.
Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.
Antonio Machado, (1907), Soledades. Galerias. Otros Poemas en Poesías Completas, Austral, Madrid, 1974.



Salimos de España y aterrizamos en Chile para ir al encuentro de otro gran poeta, Pablo Neruda. Resulta que incluso en la temática amorosa encontramos poemas cuyos protagonistas son los insectos, en este caso las abejas. Notemos cómo al hablar de abeja seguro que tod@s pensamos inmediatamente en el aguijón, pues ¿quién no ha sentido alguna vez ese punzante dolor?. Precisamente esa es la intención del poema que expongo a continuación. Tal como pican las abejas, duele el amor cuando se ha perdido.



POEMA Nº 8
Abeja blanca zumbas -ebria de miel- en mi alma
y te tuerces en lentas espirales de humo.
Soy el desesperado, la palabra sin ecos,
el que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo.
Última amarra, cruje en ti mi ansiedad última.
En mi tierra desierta eres tú la última rosa.
Ah silenciosa!
Cierra tus ojos profundos. Allí aletea la noche.
Ah desnuda tu cuerpo de estatua temerosa.
Tienes ojos profundos donde la noche alea.
Frescos brazos de flor y regazo de rosa.
Se parecen tus senos a los caracoles blancos.
Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra.
Ah silenciosa!
He aquí la soledad de donde estás ausente.
Llueve. El viento del mar caza errantes gaviotas.
El agua anda descalza por las calles mojadas.
De aquel árbol se quejan, como enfermos, las hojas.
Abeja blanca, ausente, aún zumbas en mi alma.
Revives en el tiempo, delgada y silenciosa.
Ah silenciosa !
Pablo Neruda, Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada, Seix Barral, Barcelona, 1996.




Como hemos podido comprobar una vez más, pequeños temas dan pie a grandes poemas. En la anterior entrada he hablado sobre frutas, en estas líneas los insectos han sido los protagonistas y en la próxima exposición la protagonista será la piedra. Hasta entonces, que la trascendentalidad de las pequeñas cosas os aporte unos gramos de inspiración.

UN CANTO Y UNOS VERSOS
Nos han visto postrados al rumos de unos rezos
que aprendimos de niños, cuando todo era bueno.
Después de haber crecido como la mala hierba,
pletóricos de ausencia y en pantanosas tierras;
de haber dudado tanto, de habernos confiado,
por pálidos reflejos, a credos nada claros...
Teoremas formulamos y frases aprendimos
y en nubes de ilusión buscamos raciocinio.
Capítulos trazamos de complicada historia
que ahora, sin nosotros, se desenvuelve sola.
Y estamos al amparo de débiles recuerdos:
la señal de la cruz, un canto y unos versos.


Leopoldo Alas (1996), La posesión del miedo en Poesía Española Reciente, Cátedra, Madrid, 2008.

lunes, 18 de enero de 2010

Fruta y poesía

En entradas recientes hablábamos sobre la figura del poeta. Ahora os propongo una pequeña reflexión sobre la inspiración. Sabemos que grandes temas y grandes poemas surgieron de las más pequeñas de todas las cosas, de tal manera que observando un cangrejo en la arena pudiera hacer Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, una sublime disertación sobre la vida y la muerte en ese libro tan difícil y maravilloso que tituló Espacio (1954). Ahora bien, ¿es posible hacer mediante la poesía de un tema en apariencia efímero un pensamiento trascendental?
Salvador Rueda (1857-1933) siempre ha sido considerado como poeta menor, pese a llegar a ser prolífico en su materia e importante precursor del Modernismo español. Sus versos presentan musicalidad y color, un interesante imaginario, que desemboca en un desbordante panlirismo y ciertos elementos simbolistas de no poco interés. Es por ello que he rescatado dos de sus poemas, "La Sandía" y "Mujer de Moras", por parecerme interesante el tratamiento que hace de estas frutas en plena madurez del verano como imágenes de una deliciosa sensualidad. Ved el color y la frescura que estos versos emanan y, especialmente en el caso del segundo, el erotismo que de ellos se desprende...

LA SANDÍA

Cual si de pronto se entreabriera el día,
despidiendo una intensa llamarada,
por el acero fúlgido rasgada
mostró su carne roja la sandía.

Carmín incandescente parecía
la larga y deslumbrante cuchillada,
como boca encendida y desatada
en frescos borbotones de alegría.

Tajada tras tajada señalando,
las fue el hábil cuchillo separando,
vivas a la ilusión como ningunas.

Las separó la mano de repente,
y de improviso decoró la fuente
un círculo de rojas medias lunas.

Piedras Preciosas (1900) en Antología de la Poesía Modernista Española, Castalia, Madrid, 2008.




Cursiva


MUJER CON MORAS

Mi huerto está cercado de tapiales;
las miradas se estrellan en sus muros;
tú y yo, en el seno del vergel frondoso,
vestido de orientales limoneros
y de parras, que al sol se engarabitan,
gozamos del amor, como gozaban
los sanos seres al nacer el mundo.
Los besos que en las ascuas de tus labios,
amapolas que ríen forma ardiendo
el fermentar de tu temprana sangre,
son para mí; los que en mi boca tejen
los glóbulos hirvientes de mis venas,
para ti sola son; cambio de besos,
cambio de afanosísimas miradas
profusas de pistilos, cambio loco
de espirales formadas por abrazos,
ávidamente nuestros goces colman;
y tu cuerpo, que tiembla como lira
de humanas cuerdas, al quedar templada
al mismo son que el arpa de mi cuerpo
rotundo y varonil, las dos entonan
el mismo canto con los mismos sones,
con idénticos músculos arterias,
y forman del amor la melodía,
que oyen los solitarios ruiseñores.
Calquemos ambas liras, mientras haya
salud que en nuestros vasos se acumule;
no la salud endeble que congela
las razas tristes; la que corre y brinca
por el recio organismo, cual de fuente
salta al amplio raudar de ondas veloces.
Calquemos ambas liras, que sobrado
tiempo tendrán las manos de los viles
para arrojar de nuestras sienes áticas,
desbaratadas, las triunfales rosas.
He andado por las cercas de verdura
que despiden olor a mes de agosto,
buscando moras para ti. En las hebras
de cenacho andaluz, que, recubierto
de anchas hojas de higuera goteantes,
llevé pendiente de mi brazo ansioso,
como oscilante nido de oropéndola,
iba echando las moras empapadas
de zumo como púrpura. Los tallos
enfimbriados de púas, defendían
lejos, a veces, el redondo fruto,
cual si lo hurtaran a mi afán; entonces,
mi cuerpo se internaba en la confusa
y agresiva madeja; entre sus garras
se hundía el pie valiente, y, ya cogida
por millares de dientes mi piel fosca,
arrancaba las moras una a una,
a costa de un sangriento tatuaje.
Por los trájicos látigos herido,
mira mi cuerpo; roja geografía
dibujó entre su vello el injurioso
zarzal, monstruo compuesto de tentáculos;
a mordisco por mora granulada,
sentí, en vez de dolor, placer divino,
al decorar, por ti, mi cuerpo todo
de cruces victoriosas, de trofeos,
de lauros y de insignias triunfadoras,
que rindo ante tus pies, como bandera
hecha trizas en medio del combate.
Ahora contemplo tu figura blanca,
desprovista de túnica enfadosa,
y, mientras que los grupos de los pámpanos
del parral que nos cubren tu piel visten
de sombras y de sol que tu piel recaman
de un tropel de murciélagos errantes
y un tropel de libélulas de oro,
quiero ir echando entre tus labios frescos
una a una las moras regaladas,
para ver si es su tinta más sangrienta
que el clavel incendiario de tu boca.
Tu soberbia escultura de alabastro
yace muda ante mí; sus pies desnudos,
de un ágata rosado, se entrelazan
por el fresco marfil de los tobillos,
como si dos palomas se abrochasen
en la fugitiva cópula. Dos ánforas
de senos alargados asemejan
los trozos de columnas comprendidos
entre los nudos de la caña airosa
y la rosa carnal de la rodilla.
Los fémures gallardos que se ajustan
a la rótula espléndida, y acaban
junto al dintel rosado del misterio,
parecen de un antiguo intercolumnio
dos fragmentos sagrados. Las caderas,
cual dos arcos de triunfo, se combinan
para formar de un corazón la punta,
donde la hebrosa luz se encrespa en rizos.
La cintura, de arranque de maceta,
sube a expirar en donde el ara doble
del seno alzado, como en doble misa,
eleva, en dos relieves virginales
hostia doble de amor y de hermosura.
Encima está tu cuello, que es la gloria;
y encima está tu cara, el paraíso.
Fija me observas, con rientes labios,
que se abren cual fresquísima granada,
y me suplicas que al azar, arroje
entre la doble guarnición de perlas
que pone cerco a tu abrileña boca,
las moras codiciadas que te brindo,
chorreantes de jugos y de olores.
Principio; y, para que entren retozando
en el capullo rojo con que besas,
ríe y despliega como copa de oro
la carne de tus labios carmesíes.
Arrojo al aire un fruto purpurado,
mas no entra en el anillo de tu boca,
sino que rueda, y deja en tu garganta
una cinta de fuego. Echo otra fruta
a tus labios rientes; tú los abres,
cual si fueses a coger, mas yerra
el rojo proyectil, y, resbalando,
baja desde tu barba a tus dos senos,
por donde traza círculos de anguila,
dejándote una exótica escritura,
con raras letras de color de llamas.
Otra mora te lanzo y la aprisionas,
al claro son de carcajada alegre.
Otra te arrojo, pero pega un brinco
de tu barba a tu pecho, y se encamina
hacia el bache precioso que decora
el estómago armónico, parándose
sobre el botón de nácar sonrosado,
y parece rubí grande y redondo
sobre una fruta de incitante fresa.
Lanzo otra mora en el ambiente cálido,
y, de carmín manchando tu mejilla,
desciende por los senos, que rodea
lentamente, listándolos de púrpura,
y, ligera, por fin se precipita
entre tus muslos plenos de turgencias,
yendo a esconderse entre las áureos hilos
que ponen al secreto de tu forma
palio lujoso de rodantes bucles.
Otra y otra te arrojo, y muchas luego,
que enriquecen tus líneas de festones,
de cintas carminosas, de veredas,
de enlaces, y de tramas, y de cruces,
hasta que quedas inundada en fruto,
como moral de un huerto valenciano.
Y cuando ya de moras revestidos
se ven tus pies, tus manos, tu garganta,
tu cintura, tus hombros, tus cabellos,
las coyunturas de tus frescos brazos,
los puntos todos de tu carne blanca,
los hoyuelos que forman tus mejillas,
temblando de pasión, con labios ebrios,
las voy quitando de tu nácar vivo,
y las meto en el nido de tu boca.
A cada mora que te doy , un beso
hago crujir entre tus dientes nítidos;
mis labios, como pinzas abrasadas,
cogen los rojos gránulos, y buscan
tu boca de clavel para dejarlos,
como rubíes en en gentil joyero.
Y en el ir y venir con que te rozan
en la sensible piel mis labios locos
acarreando el fruto purpurino
desde todo tu cuerpo hasta tu boca,
tu pecho se infla de emoción tremenda,
mi pecho tiembla como roja llama,
y, en un abrazo agotador, inmenso,
nos fundimos, cual dos enredaderas,
como dos retorcidas espirales,
hasta que muerden la postrera mora
nuestras dos bocas juntas y apretadas,
tú mirando a los cielos, y yo, viendo
lo que en ellos palpita, nubes, nidos,
ramas floridas, pájaros y luces,
mas viéndolos latir, puesto hacia abajo
sobre el doble zafiro de tus ojos...

Fuente de Salud (1906) en Antología de la Poesía Modernista Española, Castalia, Madrid, 2008.





Vamos a ver ahora un poema de Antonio Rigo, poeta actual, y notad como, aunque trata también el tema de la fruta, la orientación de sus versos es muy diferente a la de Salvador Rueda. El color es apagado, triste, es invierno y la escarcha contrasta con el rojo de los cerezos, árboles que despiertan acunados por la nieve. Trascendentalidad del momento y de lo eterno.



Me levanto al amanecer y
voy a ver
los cerezos que planté
hace unos años.
Humo. Escarcha. Ceremonia.
El día es todavía
una máscara antigua
cuando yo estoy ya
hablando en frutas.

Antonio Rigo, Poemas del Bosque y de la Lluvia, 2008, Ediciones Baile del Sol, Islas Canarias.





Y es que, sea como sea, el poeta se apropia del mundo que le envuelve y mediante la palabra lo recrea a imagen y semejanza de su propia experiencia, pues tras cualquier anécdota o vivencia no encontramos sino una emoción. Es lo que tiene la buena poesía.

EN EL TALLER

Si miro un bosque de bambú,
veo las lanzas de una Eneida japonesa
y un cuadro de Altdorfer
donde la batalla es de plumas verdes
como pájaros del Trópico.
A eso lo llaman algunos críticos
culturalismo. Como si la vida
fuera ajena a sus metáforas,
o el hombre pudiera vivir a espaldas
de lo que ha sido y es.
Ver un mandarín chino
en el brillo tornasolado de un coleóptero,
los colores de Giotto en el mar, un aria
de Mozart en el cielo de septiembre,
o un pasaje de la Biblia
en los surcos del huerto por donde el agua corre,
no es sino la vida
que te invita a celebrarla en todo su esplendor.
Como lo hace un cuerpo, una conversación
o la lluvia cuando acaba el verano.
Porque ahí detrás están las manos del hombre
- y eso es también lo que celebramos-
que han aprendido a retener en esa memoria
que es nuestra herencia,
los fragmentos de un paraíso perdido
en la voluntad de crear
otro paraíso que nos haga más nobles
de lo que somos.

No otra cosa debería ser la huella
de nuestro paso por el mundo,
sin olvidar la sangre vertida por el hierro,
la crueldad que esconde a menudo el refinamiento,
el dolor encerrado en el origen del arte
o la desesperación de la historia antigua,
espejo donde nace nuestra propia desesperación
y los útiles que inventamos para resistirla.

José Carlos Llop, La Dádiva, 2004, Renacimiento en colección Calle del Aire, Sevilla.

sábado, 2 de enero de 2010

Aunque Seamos Malditas

Hace un mes cayó en mis manos por pura curiosidad la última novela de Eugenia Rico, Aunque Seamos Malditas, Círculo de Lectores, Barcelona, 2008. No es una gran obra, ni siquiera me gustó el final- que considero una mala copia de la escena orgiástica de El Perfume-, no obstante hubo algún párrafo que sí me llamó la atención. Para abrir este nuevo año transcribo unas líneas que me parecieron interesantes y os propongo que las relacionéis con un poema de Sylvia Plath que ya apareció en una entrada anterior. Creo que el enfoque está bien establecido entre ambos textos y con ellos reivindico la absoluta libertad e individualidad, no solo de la mujer, sino de cualquier ser que habite sobre la tierra -o más allá de ella-. Con la literatura seguimos haciendo camino y nadie conseguirá que nos callemos. Aunque seamos maldit@s...


"(...) Aunque no lo creamos, toda Europa es una misma cosa. Al menos lo son los pueblos. Los domingos se hace bricolaje y se envidia al vecino. Los días de semana se trabaja y se ahorra para comprarse un coche más grande que el del vecino. Solo los sábados la gente sale a la calle o al campo con la esperanza de hacer algo distinto, de ser diferentes por un día, por unas horas. Puede ser la cerveza, el fútbol o las setas. Los hombres salen al campo para ser distintos.
Y algunas mujeres vuelven al campo para ocult
arse, para ser como las otras o para que no se note si son distintas. Porque algunas mujeres siempre han querido ser como las demás y nunca lo han conseguido (...)" .

Eugenia Rico, Aunque Seamos Malditas, Círculo de lectores, Barcelona, 2008.




LESBOS

¡Qué lacra, la cocina!
Las patatas silban como ofi
dios.
Es Hollywood, sin ventanas,
la luz fluorescente pestañeando cual inaguantable jaqueca,
las puertas esquivas tiras de papel:
cortinas de teatro, crespo rizo
de alféizar.
Y yo, amor mío, embustera pa
tológica,
y mi hija: mira su rostro, allá, en el
suelo,
como muñeco aún sin romper, esf
orzándose por
desaparecer:
como que es una esquizofrénica,
su faz, roja y blanca, da miedo,
dejaste sus gatitos ante tu ve
ntana
en una especie de hoyo de cemento
donde se ensucian y vomitan y ella no los siente.
Dices que no la aguantas,

la condenada.
Tú, que reventaste tus tubos como una mala radio
limpiándolos de voces y de histeria, rui
do estático
de lo nuevo. Dices

que debieras de haber ahogado a los gatitos. ¡Qué mal
huelen!
Dices que debieras de haber ahog
ado
a mi niña. Se cortará la yugular a los diez años
ya que a los dos está loca. El bebé
sonríe, rechoncho caracol,
desde los rombos lucientes de hul
e color naranja.
Te lo comerías. Es niño. Di
ces
que tu marido no te va. Su madre
judía guarda su dulce sexo como una
perla.
Tienes un bebé, yo tengo dos.

Me sentaría en una roca de Cornualles peinándome el cabello.
Me pondría pantalones de piel de tigre, debiera tener un
bello

amante. Debíamos encontrarnos en otra vida,
tú y yo. Entretanto
hay un hedor a grasa y caca de niño.
Estoy aturdida, abotagada por mi úl
timo soporífero.
El vapor de la cocina, el humoniebla de
l infierno
nos sobrevuela, dos venenos incompat
ibles,
nuestros huesos, nuestro pelo.

Te llamo huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te da úlceras, el viento tuberculosis.
Solías ser bella.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres
decían: “¿Ya?
La verdad, chica, estás de espanto”.
Teatro, teatro, teatro, la emoción, nada más.

El marido impotente se escapa, a tomar café.
Yo trato de tenerle en casa, pararrayos
viejo, los baños ácidos,

la exuberancia que le alejaba de ti.
Él va tragándolo todo, pedregosa cuesta abajo,
como furgoneta cansina. Las chispas son azul turquí.
Las viejas chispas azules están allí,
derramándose fragmentándose
en luces mil.

¡Oh joya! ¡Oh valiosa!
Esta noche la luna
arrastraba su saco de sangre, a
nimal
enfermo

faro arriba. Y luego
normalizóse, dura

y separada y blanca. El lucir
escalado en la arena que asustábame de muerte.
Íbamos recogiendo puñados de ar
ena, gozándolo,
trabajando como negros, cuerpo mulato,
el raspar sedeño.
Un perro recogía a tu perruno marido. Él seguía adelante.

Ahora, silente, cubierta
de odio hasta el cuello,
espeso, espeso.
No hablo.

Empaqueto las duras patatas como ropa cara,
empaqueto a los niños,
empaqueto los gatos enfermos.
Oh envase de ácido, es amor

lo que empapa. Sabes a quien odiar.
Él abraza sus hierros junto a la puerta:
ábrese y el mar la penetra, negro
y blanco,
para ser vomitado luego de un t
ra
nco.
Cada día que pasa le llenas de sentime
ntalina,
como una jarra. Estás agotadísima.
Tu voz agita y sorbe mi pen
diente,
murciélago hematófilo. Eso justamente,
eso justamente. Por la puerta escrutas,
bruja. “Todas las mujeres son putas,
no hay comunicación, no hay puente”.
Veo tu decoración bonita
cerrársete encima como puño de bebé
o anémona, novia
del mar, cleptómana. Sig
o
sin experiencia,
quizá vuelva, digo.
Del embuste conoces bien la cien
cia.

Ni siquiera en tu Zen volveré a verte.


Sylvia Plath, "Lesbos" en Árboles de Invierno (1971). Traducción de Jesús Pardo para Antología, Madrid, Visor de Poesía (2003)(Para leer un extenso comentario sobre este poema pinchad aquí).




Maruja Mallo


Espero que este 2010 os reste un poco de comodidad, os aporte mucha inspiración, os empuje a akelarres de poesía y os abrace con sinceridad. Un etéreo lametazo y una bacanal de sonrisas a quienes me leéis.



LAS BRUJAS

Bató un gesto, una palabra vuestra para que todo se hiciese aire, o menos que aire... Brujas que hablabais el lenguaje viento, a medianoche, el lenguaje del viento golpeando las ventanas, el lenguaje del viento crujiendo en los
desvanes, el lenguaje olvidado del viento. El lenguaje de la noche, qué hizo de vosotras el sol, su torpe claridad, su exactitud brutal, qué fue de vosotras cuando el sol secó para siempre nuestras almas... Qué fácil entonces el miedo, brujas, brujas, brujas aventadas por el soplo de un demonio más terrible que el mismo demonio...
Qué extraño maleficio no deja llegar la noche, oh deshacer, deshacer con un gesto el mundo...

Leopoldo María Panero, Las Brujas en Tarzán Traicionado, para Poesía Completa (1970-2000), Visor, Madrid, 2006.

Maruja Mallo