sábado, 24 de abril de 2010

Escrito en la Piedra III

Me gustaría terminar esta especie de monográfico con la que probablemente sea la más sublime expresión de la piedra. Me refiero con ello a la transformación del elemento natural en obra de arte, a la escultura y arquitectura, al monumento que, debido a su pétrea existencia, sobrevive al paso del tiempo y es símbolo e identidad de un pueblo. Por ello, divido esta entrada en dos partes, poniendo punto y final a esta disertación con la próxima aportación.

El largo poema parnasianista de Ricardo Gil que expongo a continuación es ejemplo de como esta corriente estética se centra en el detalle, en la emoción contenida dentro de la aparente frialdad de la belleza de la piedra. Contiene, además, la decadencia del paso del tiempo atrapado en el olvido de una estatua, la cual en su día gozó de admiración y elogios, al igual que uno de los tantos dioses creados por las personas. Nada es inmune a las horas ni a la vanidad humana y el poeta es el único ser capaz de captar la belleza esencial de lo arrinconado y marginal. El poeta es comparado a un dios - Poetas, torres de Dios, proclamaba Rubén Darío-.



LA ESTATUA CAÍDA

A mi hermano Adolfo

En la gruta del parque abandonado
lo vi, al pasar, caído
del pedestal que fue tronco envidiado.
Era un dios; no sé cuál...¡Tantos han sido
los que la Humanidad ha derribado!...

Por la arboleda, vaga salmodía
como un adiós eterno
sonaba opacamente. Anochecía.
Con besos sin calor se despedía
de la pálida estatua sol de invierno.

Inmóvil, mudo, en soledad medrosa,
el derribado bulto
brillaba con blancura misteriosa.
Yo lo creí cadáver insepulto
que me pedía la negada fosa.

No perdió en la caída su grandeza.
Pallium tejió severo
sobre sus desnudeces la maleza,
velando así la olímpica belleza
que palpita en los números de Homero.

Parecía esquivar, como indignada,
la divina escultura
vil contacto de tierra encenagada,
levantando en extática postura
su frente pensativa y coronada.

Aún la diestra de mármol arrogante
sujetaba con brío
el cálix de los dioses elegante:
cálix que rebosó de néctar fragante,
ya para siempre inútil y vacío.

El dios que a los mortales amó tanto
guardó el cálix glorioso
esperando, tal vez, en su quebranto
que lo llenara el hombre generoso
con la ambrosía del dolor: el llanto.

¡Y se engañaba el dios! Mas un lamento
de prolongadas notas,
respondió al enojoso pensamiento...
De aquellas rocas húmedas, con lento
compás caían sollozantes gotas.

¡Oh, suprema Piedad!... Aquel gemido
era tu voz doliente
llorando de los hombres el olvido.
Tú llenabas el cálix lentamente
con llanto de las rocas desprendido.

Por el sol de las gotas arrullada,
en abstracción constante,
la pensativa estatua derribada
hundía en el espacio su mirada
como atraída por visión distante.

Interrogué, por ella fascinado,
su mirada tranquila,
y así como en las aguas reflejado
tiembla el sol, en sus ojos sin pupila
vi temblar el reflejo del pasado.

Y leí de sus ojos en lo oscuro:
-¿Qué tenebrosa idea
del artista aguzaba el hierro duro?...
¿Quién me hizo dios y luego el inseguro
pedestal derribó?...¡Maldito sea!

¡Oh, fugitiva luz!... Rastro sereno
de días ya remotos,
no te apagues aún, de encanto lleno
fulgura mientras van mis miembros rotos
confundiéndose informes con el cieno.

¿Quién turbó mi reposo?... ¿Qué locura,
golpeando incesante,
deslizó por la piedra tosca y dura
esa línea que ondula palpitante
con el ritmo ideal de la hermosura?...

¿Quién cinceló mi pecho levantado
por inmortal anhelo
y en las esbeltas olas modelado?...
¿Quién a mi tersa frente dio, inspirado,
la misteriosa redondez del cielo?

¿Para qué la ciñó cerco divino,
que es de espinas ahora,
y el noble cálix a mis manos vino
que de la vida el néctar atesora,
si era morder el polvo de mi destino?

Del que ornó con diadema escarnecida
mis sienes altaneras.
sea la raza infame maldecida...
-¡ Calla, la interrumpí. Calla y olvida.
No maldigas al hombre... ¡Si supieras!

Pobre mármol, tan frágil como hermoso,
que en polvo te deshaces,
de la montaña al seno tenebroso
volando van tus átomos fugaces,
y allí de nuevo encontrarán reposo.

Pero el que te formó no halla sosiego.
Consigo mismo en guerra,
no conoce la paz y marcha ciego,
labrando dioses que derriba luego
y que marcan su paso por la tierra.

De la humana pasión cada latido,
tomando forma y nombre,
fue un dios ayer por otro dios vencido;
un ideal es hoy que olvida el hombre
por otros ideales seducido.

La sed de lo absoluto le devora
con ansiedad creciente,
y en esos vanos ídolos que adora
una chispa encerró deslumbradora
de la hermosura que al soñar presiente.

Sólo una chispa de fulgor escaso
que breve se desliza
cuando él en sueños ve sol sin ocaso...
¡Eterna sed al hombre martiriza,
y una gota no más encierra el vaso!...

Tú misma, estatua mutilada y vieja,
con tus contornos bellos,
la sed irritas que al mortal aqueja.
Tu hermosura fugaz sólo refleja
de un eterno ideal vagos destellos.

Piensa que él ama el ídolo elevado
en sus débiles hombros;
que lo mira caer desconsolado,
y antes de hollar su planta los escombros,
con llanto de dolor los ha regado.

¡Oh! si tú conocieras el tormento
de la impotencia humana,
¿cómo podría maldecir tu acento?...
El hombre no reposa ni un momento...
Tú, pobre dios, descansarás mañana.

.....................................................................

Me oyó la estatua; su expresión altiva
mi voz troncó en ternura,
y la vi, meditando compasiva,
levantar en extática postura
su frente coronada y pensativa.

Comenzaba la noche. En esa hora
que lo entristece todo,
me alejé de la gruta donde mora
el dios; en soledad aterradora
quedóse blanqueando sobre el lodo.

Por inquietud constante fustigado,
y por el vano ruido
de la ciudad, sin tregua, mareado
vivo, si esto es vivir, pero no olvido
aquel rincón del parque abandonado.

Y al ver huir del torbellino en alas,
rozando lodo inmundo,
las que fueron ayer preciosas galas,
pienso en ti, pobre dios, que así resbalas
hacia ese abismo lóbrego y profundo.

¡Oh, dios caído! En nuestra edad inquieta
nadie tu pena siente.
¿Quién tus despojos pálidos respeta,
y en el desierto parque tristemente
los saluda al pasar? Sólo el poeta.

Él buscará en la gruta sombría
estatua coronada todavía.
y en la tarde unirá su adiós eterno
al eco de remota salmodía
y al beso sin calor del sol del invierno.

Ricardo Gil, La Caja de Música (1898), en Antología de la Poesía Modernista Española, Castalia, Madrid, 2008.






Si la transformación de la piedra en monumento y estatua supone un intento de captar la esencia de lo etéreo -léase ideal o dios, pues transformar una personalidad destacada en estatua (o piedra) es elevarla a la categoría de dios- y erigirlo en identidad y objeto de culto, su destrucción supone una forma de dominio y, a veces, humillación. En el anterior poema, era el olvido de las personas el que pasaba factura a la estatua, en el que vamos a ver a continuación, es la propia mano de éstas la que destruye la memoria y gloria de un momento y nación. Ahora bien, en éste la esencia, la identidad del pueblo no se halla en la piedra, sino en la tierra como expresión propia de una colectividad.


JÓNICO

Aunque hayan derribado sus estatuas
y estén proscritos de sus templos,
los dioses viven siempre,
oh tierra de Jonia, y es a ti a quien aman,
a ti a quien añoran todavía.
Cuando sobre ti surgen las mañanas de agosto
el temblor de sus pies atraviesa la atmósfera;
y a veces la imagen de un efebo,
inasible como una sombra alada,
sobre las colinas te toma.

Konstantinos Kavafis, Poemas, Mondadori, Madrid, 1998.




Máxima expresión del ideal reflejado en la piedra es el poema de Luis Cernuda, El Ruiseñor sobre la Piedra, pues en él se celebra la verdad de la España ideal representada de forma visible y perdurable en el monasterio de El Escorial, imagen de armonía eterna que consuela en el tiempo discorde del destierro del poeta, pues aparece éste en el poema como imagen de la belleza inútil frente al utilitarismo del mundo anglosajón del exilio.

En El Ruiseñor sobre la Piedra se integra la preocupación patriótica del poeta en el sistema de valores estéticos, porque el monasterio es también símbolo de la belleza y el poema trata de la naturaleza del arte.


EL RUISEÑOR SOBRE LA PIEDRA

Lirio sereno en piedra erguido
junto al huerto monástico pareces.
Ruiseñor claro entre los pinos
que un canto silencioso levantara.
O fruto de granada, recio afuera,
mas propicio y jugoso en lo escondido.
Así, Escorial, te mira mi recuerdo.
Si hacia los cielos anchos te alzas duro,
sobre el agua serena del estanque
hecho gracia sonríes. Y las nubes
coronan tus designios inmortales.

Recuerdo bien el sur donde el olivo crece
junto al mar claro y el cortijo blanco,
mas hoy va mi recuerdo más arriba, a la sierra
gris bajo el cielo azul, cubierta de pinares,
y allí encuentra regazo, alma con alma.
Mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra.
¿Qué saben de ella quienes la gobiernan?
¿Quienes obtienen de ella
fácil vivir con un social renombre?
De ella también somos los hijos
oscuros. Como el mar, no mira
qué aguas son las que van perdidas a sus aguas,
y el cuerpo, que es de tierra, clama por su tierra.

Porque me he perdido
en el tiempo lo mismo que en la vida,
sin cosa propia, fe ni gloria,
entre gentes ajenas
y sobre ajeno suelo
cuyo polvo no es el de mi cuerpo;
no con el pensamiento vuelto a lo pasado,
ni con la fiebre ilusa del futuro,
sino con el sosiego casi triste
de quien mira a lo lejos, de camino,
las tapias que de niño le guardaran.

Dorarse al sol caído de la tarde,
a ti, Escorial, me vuelvo.

Hay quienes aman los cuerpos
y aquellos que las almas aman.
Hay también los enamorados de las sombras
como poder y gloria. O quienes aman
sólo a sí mismos. Yo también he amado
en otro tiempo alguna de esas cosas,
mas después me sentí a solas con mi tierra,
y la amé, porque algo debe amarse
mientras dura la vida. Pero en la vida todo
huye cuando el amor quiere fijarlo.
Así también mi tierra la he perdido,
y si hoy hablo de ti es buscando recuerdos
en el trágico ocio del poeta.

Tus muros no los veo
con estos ojos míos,
ni mis manos los tocan.
Están aquí, dentro de mí, tan claros,
qye con su luz borran la sombra
nórdica donde estoy, y me devuelven
a la sierra granítica en que sueñas
inmóvil, por la verde foscura de los montes
brillando al sol como un acero limpio,
desnudo y puro como carne efímera,
pero tu entraña es dura, hermana de los dioses.

Eres alegre, con gozo mesurado
hecho de impulso y de recogimiento,
que no comprende el hombre si no ha sido
hermano de tus nubes y tus piedras.
Vivo estás como el aire
abierto de montaña,
como el verdor desnudo
de solitarias cimas,
como los hombres vivos
que te hicieron un día,
alazando en ti la imagen
de la alegría humana,
dura porque no pase,
muda porque es un sueño.

Agua esculpida eres,
música helada en la piedra.
La roca te levanta
como un ave en los aires;
piedra, columna, ala
erguida al sol, cantando
las palabras de un himno,
el himno de los hombres
que no supieron cosas útiles
y despreciaron cosas prácticas.
¿Qué es lo útil, lo práctico,
sino la vieja añagaza diabólica
de esclavizar al hombre
al infierno en el mundo?

Tú, hermosa imagen nuestra,
eres inútil como el lirio,
Pero, ¿cuáles ojos humanos
sabrían prescindir de una flor viva?
Junto a una sola hoja de hierba,
¿qué vale el horrible mundo práctico
y útil, pesadilla del norte,
vómito de la niebla y el fastidio?
Lo hermoso es lo que pasa
negándose a servir. Lo hermoso, lo que amamos,
tú sabes que es un sueño y que por eso
es más hermoso aún para nosotros.

Tú conoces las horas
largas del ocio dulce,
pasadas en vivir de cara al cielo
cantando el mundo bello, obra divina,
con voz que nadie oye
ni busca aplauso humano,
como el ruiseñor canta
en la noche del estío,
porque su nido quiere
que cante, porque su amor le impulsa.
Y en la gloria nocturna
divinamente solo
sube su canto puro a las estrellas.

Así te canto ahora, porque eres
alegre, con trágica alegría
titánica de piedras que enlaza la armonía,
al coro de montañas sujetándola.
Porque eres la vida misma
nuestra, mas no perecedera,
sino eterna, con sus tercos anhelos
conseguidos por siempre y nuevos siempre
bajo una luz sin sombras.
Y si tu imagen tiembla en las aguas tendidas,
es tan sólo una imagen;
y si el tiempo nos lleva, ahogando tanto afán
insatisfecho,
es solo como un sueño;
que ha de vivir tu voluntad de piedra.
Ha de vivir, y nosotros contigo.

Luis Cernuda, Las Nubes (1940) en Las Nubes. Desolación de la Quimera, Cátedra, Madrid, 2003.

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, 1563/67.

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